162. El fanatismo: cuando se pone el culto a Dios por delante de nuestros semejantes.

Donniel Hartman en su libro: “Poniendo a Dios en segundo lugar, como salvar a la religión de sí misma”, nos cuenta la historia de un famoso maestro jasídico que, cuando caminaba por una calle, escuchó el llanto de un bebé que venía de la casa de uno de sus alumnos, un llanto que perforaba la noche. Se apresuró a entrar a la casa y vio a su alumno extasiado en su rezo, balanceándose en piadosa devoción. El rabino se dirigió hacia el bebé, la tomó en sus brazos, se sentó y la meció hasta que quedó dormida. Cuando el alumno salió de sus plegarias, quedó sorprendido y apenado al ver a su maestro en su casa, cargando a su bebé. “Maestro” le dijo, “¿qué estás haciendo?, ¿Por qué estás aquí?”. “Estaba caminando cuando escuché un llanto”, le respondió, “así que lo seguí y la encontré sola”. “Maestro”, respondió el alumno, “estaba tan absorto en mis plegarias que no la oí.” El maestro le contestó: “Mi querido alumno, si rezar vuelve a uno sordo al llanto de un niño, hay algo defectuoso en ese rezo”.

Hartman nos explica que el deseo del hombre de vivir intensamente una relación con Dios, muchas veces nos distrae de los principios morales fundamentales de la tradición y eso, de manera inadvertida, nos vuelve moralmente ciegos. Una vida de fe, aunque presupone una sensibilidad moral, también desata impulsos inmorales que florecen bajo el manto de una pretendida piedad religiosa. La decencia hacia nuestro vecino siempre tiene que tener prioridad sobre los actos de devoción religiosa. La fe en Dios no se debe de entender como una inspiración para rendirle culto, sino para cambiar la conducta de aquellos que le rinden culto.

Hartman analiza el fenómeno y le llama “intoxicación divina”, que es cuando la obsesión de poner mayor atención a lo divino le resta espacio al estar consciente de la condición humana. Le llama “manipulación divina” cuando Dios es usado para servir el egoísmo humano. Hartman sostiene que los creyentes deben a la vez inspirarse y juzgar la palabra divina y que el poner primero a nuestros semejantes es el verdadero camino para cumplir el mandato divino.

En el mismo Talmud hay agadoth que critican el darle prioridad a lo divino antes de atender la relación con nuestros semejantes. En Ketubot 62b se cuenta la historia de Rab Rehumi, un alumno en la academia de Raba en Mahuza. Rab Rahumi permanecía en la academia todo el año y sólo regresaba a casa a estar con su esposa en la víspera de Yom Kipur. En una ocasión Rab Rahumi estaba tan concentrado en lo que estaba estudiando, que olvidó regresar a casa. Su esposa lo esperaba en cualquier momento, diciendo: él va a venir pronto, él va a venir pronto. Como no llegó, ella se deprimió tanto que lágrimas empezaron a brotar de sus ojos. Y en ese momento, en la academia, el techo se colapsó y mató a Rab Rahumi. El mensaje de nuestros sabios no podía ser más claro y contundente. Hartman concluye: Los creyentes deben exigir que sus tradiciones religiosas cumplan con los más altos valores morales. La decencia hacia tu vecino debe siempre preceder a los actos de devoción religiosa. La devoción a Dios debe ser después de la responsabilidad hacia nuestros semejantes.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Donniel Hartman: “Putting God second, how to save religión from itself”.

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