233. Filón de Alejandría: ¿les enseñó a los griegos lo judío o a los judíos lo griego?

Alejandro Magno (356 – 323 AEC)​ fue el rey de Macedonia desde el año 336 AEC hasta su muerte. Durante su reinado, que duró sólo trece años, amplió su imperio hasta extenderlo a países tan distantes como la India y Egipto, incluyendo en él a la Tierra de Israel. Fundó la ciudad de Alejandría en el año 331 AEC, en una estratégica región portuaria del delta del Nilo. Sus conquistas no sólo cambiaron por completo la estructura política de la zona, sino que abrieron una época de extraordinario intercambio cultural, en la que la cultura griega se extendió por el Mediterráneo, el Medio Oriente y Asia Central. El griego se convirtió en la lengua del imperio.

A la muerte de Alejandro, sus generales se repartieron el imperio y Egipto le tocó a Ptolomeo. Con Ptolomeo, Alejandría se convirtió en el centro cultural del mundo antiguo. Él construyó el famoso “Templo para las Musas”, el “Museion”, de donde sale la palabra “museo”. Como parte del templo, estaba la Gran Biblioteca Real de Alejandría, que llegaría a ser la biblioteca más grande del mundo de esa época. Grandes estudiosos como Arquímedes, Euclides y Galeno, se establecieron en la ciudad y en algún momento hubo 14,000 estudiantes entre sus pobladores.

La Biblia habla de que los judíos se empezaron a asentar en Egipto después de la toma de Jerusalem por Nabucodonosor (586 AEC) y del asesinato de Guedaliah (Reyes 2, 25-26). Años después, inmigrantes judíos se establecieron en Alejandría en la época de los Ptolomeos, atraídos por la tolerancia religiosa y la intensa vida cultural. En sus libros, Flavio Josefo narra que Ptolomeo, después de conquistar Judea, se llevó 120,000 prisioneros judíos a Egipto. Muchos otros judíos los siguieron, ya que en Alejandría los judíos gozaban de todos los derechos civiles, como cualquier ciudadano griego, pero se mantenían como una comunidad política independiente y autónoma. Los historiadores hablan de que 40% de la población de Alejandría era judía.

Fue en esa época que el judaísmo helénico empezó su desarrollo. Una de las principales aportaciones culturales de los judíos de Alejandría fue la “Septuaginta”, la primera traducción al griego de la Biblia, hecha por encargo de Ptolomeo II, quien comisionó a 72 sabios que dominaban ambas lenguas, el hebreo y el griego, a hacer la traducción. La leyenda dice que Ptolomeo colocó a los 72 sabios en cuartos separados y a cada uno les dijo: «Escribe para mí la Torá de Moshé, tu maestro». La leyenda cuenta que todas las traducciones salieron idénticas. Con la Septuaginta, los judíos de Alejandría, que sólo hablaban griego, tuvieron acceso a las fuentes judías.

Pero estos judíos helénicos, que habían sido educados en la cultura griega, interpretaban la Biblia de manera diferente. Algunos de ellos, entre los que destacó Filón, explicaban las Sagradas Escrituras a través del cristal de la filosofía clásica griega: los preceptos de la Torá había que entenderlos usando la lógica y la razón y tenían que ser verdades universales e inmutables. Ya no era suficiente decir que los mandamientos judíos tenían validez sólo porque habían sido ordenados por Dios. Y Filón, a través de simbolismos y alegorías, de alguna forma demostró que las leyes de la Torá cumplían con la manera de pensar griega. En el fondo, él buscaba enseñarles a los griegos los valores del judaísmo y acabó enseñándole a los judíos los valores griegos.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Jewish Encyclopedia, Encyclopaedia Judaica, conferencia de Christine Hayes

y otras fuentes.

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232. ¡Demonios!, el folklore religioso es tan popular como las leyes rabínicas.

El profesor David Biale comenta que, al no haber una autoridad central en el judaísmo, muchas creencias populares, por el simple hecho de que las mencionan en la literatura rabínica, pareciera que tienen la aprobación de los rabinos, como es el caso de la magia y de la existencia de demonios, temas que encontramos frecuentemente en el folklore judío.

Está escrito en Devarim 18:10-12: “No sea hallado en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni hechicería, o sea agorero, o hechicero, o encantador, o médium, o espiritista, ni quien consulte a los muertos. Porque cualquiera que hace estas cosas es abominable al Señor; y por causa de estas abominaciones el Señor tu Dios expulsará a esas naciones de delante de ti.”

En la Biblia prácticamente no hay mención de seres sobrenaturales, pero si los mencionan en el Talmud, especialmente en el Babli, ya que, en Babilonia, por ejemplo, el creer en demonios, estaba fuertemente arraigado en la población local no judía. Vemos en el tratado Berajot 6ª: «Abba Benjamín dice: Si el ojo tuviese el poder de verlos, ninguna criatura podría soportar a los demonios. Abaye dice: Son más numerosos que nosotros y nos rodean como la cresta alrededor de un campo. R. Huna dice: Cada uno de nosotros tiene mil en su mano izquierda y diez mil en su mano derecha. Raba dice: El aplastamiento de la multitud en las conferencias de Kallah proviene de ellos. La fatiga en las rodillas proviene de ellos. El desgaste de la ropa de los eruditos se debe a que se frotan contra ellos. El moretón de los pies proviene de ellos «.

Raras veces la literatura talmúdica entra en detalles sobre cómo son los demonios y las criaturas mágicas, o si son seres realmente independientes o simplemente realidades psicológicas. En cambio, en la Cabalá las descripciones son mucho más detalladas. Recientemente, Rabí Yacob Menashe, un rabino ultraortodoxo, escribió: “El sagrado Zohar nos dice que cuando Shabat termina, grandes bandas de espíritus malignos vuelan alrededor del mundo. Es por eso que recitamos el Mizmor «Yosheb Besether Elyon» (Salmo 91), después de la Amidah al final del Shabat, porque tiene el poder de alejar a estos espíritus. El Zohar nos dice que cuando los espíritus malignos ven a las personas piadosas recitando oraciones, salmos y Habdalah, huyen”.

El judaísmo conservador y el reformista no creen en demonios. Para ellos Dios es trascendente, por lo que no hay lugar para otros poderes sobrenaturales. En cambio, para los ortodoxos, que sostienen que el Talmud es la Torá Oral que recibió Moisés en el Monte Sinai junto con la Torá Escrita, sí existen. Por ejemplo, en Sefer Raziel, un libro de conjuros y prácticas de magia, que circuló mucho en Europa y el Medio Oriente, se cuenta la historia de que el ángel Raziel le reveló a Adam secretos divinos, después de su expulsión del paraíso, para ayudarle a sobrellevar la vida fuera del jardín del Edén, mismos secretos que después también le reveló a Abraham. Dice David Biale: “El hecho de que ese libro de magia fuera conocido por casi todas las comunidades judías demuestra que el folklore religioso era tan popular como las leyes rabínicas”. ¡Demonios!

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: David Biale: “The Norton anthology of world religions. Judaism”. Artículos de Rabí Yacob Menashe, Jay Michaelson, Rabi Louis Jacobs y Adam Kirsch.

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231. Sigmund Freud, un ateo con el judaísmo en las venas.

Sigismund Schlomo Freud (1856 – 1939) nació en Freiberg, Moravia, parte del imperio austríaco. Sus padres eran originarios de Galicia, una región en la parte noroccidental de Ucrania. Su familia se mudó a Viena cuando tenía tres años. Freud vivió en esa ciudad prácticamente toda su vida. En 1881 se graduó como doctor en medicina en la Universidad de Viena. En 1886 se casó con Martha Bernays, la nieta de Isaac Bernays, el rabino principal de Hamburgo. La pareja tuvo seis hijos. En 1938, Freud abandonó Viena para escapar de los nazis. Murió en el exilio en el Reino Unido. Freud fue el fundador del psicoanálisis, un método clínico para tratar las psicopatologías.

Para cuando Freud nació, sus padres ya eran menos observantes de la ley y de los ritos judíos, que cuando vivían en sus pueblos de Galicia. Pero con todo, el hogar de Freud era muy rico en cultura y religión judías. Las escrituras judías fueron el instrumento principal de la educación de Freud, hasta que asistió a la escuela a la edad de nueve años. También su vida social se daba principalmente en un marco judío. Los primeros en escuchar sus ideas sobre el psicoanálisis fueron los miembros de su grupo de la B´nei B´rith, una organización judía de servicio.

Para Freud, el elemento más importante del judaísmo era la «prohibición de hacer una imagen de Dios». Por eso, la relación del judío con Dios se daba en su mente, en su intelecto, lo que él llamó “Geistigkeit». El judío habla, discute, pide, piensa, imagina y razona con un Dios que no tiene ni forma ni nombre. Y todo lo hace en su mente. Esto contrasta con otras religiones que se acercan principalmente a Dios a través de los sentidos, donde sí tienen una imagen, un nombre y una ceremonia donde puedes ver, oír, tocar, oler y hasta saborear lo divino. Freud decía que esa diferencia, entre lo intelectual y lo sensorial, marcó el carácter judío por más de dos mil años.

Freud decía que, para los judíos, el hecho de creer que Dios los escogió para cumplir una función especial en el mundo, les ayudó a mantener en alto su propia autoestima, a pesar de las condiciones tan adversas por las que atravesaron a causa del profundo antisemitismo que imperaba en esa época, especialmente en la Europa germana. También decía que lo que realmente hacía que una persona fuera judía no era el creer en un dios monoteísta, el comer kosher, el circuncidar a los hijos o cualquier otro número de creencias, prácticas o inclinaciones singularmente judías. Según Freud, una persona es judía simplemente porque hereda «las huellas de la memoria y de la experiencia de sus antepasados».

En una ocasión Freud escribió: “Puedo declarar que estoy tan alejado de la religión judía como de todas las demás. No me atañen sentimentalmente en lo más mínimo. En cambio, siempre tuve un poderoso sentimiento de comunidad con mi pueblo, mismo que también he alimentado en mis hijos. Todos seguimos perteneciendo a la confesión judía”. Freud llevaba el judaísmo en las venas.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Sigmund Freud, “Moisés y la religión monoteísta”. Artículos de Eliza Slavet, Lydia Flem y Mark Edmundson.

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230. Tsene-rene, el primer libro feminista judío.

El “Tsene-rene” es un libro escrito en idish por Jacob ben Isaac Ashkenazi, alrededor del año 1590. El texto tiene como base la estructura de las “parashot de la Torá”, las secciones semanales en que está dividida la Torá, mezclado con textos del Talmud, especialmente de la Agadah y del Midrash. El nombre viene de un versículo del Cantar de los Cantares (3:11) que en hebreo dice: Tzena Urena banot Zion”, “Salgan y vean hijas de Sion”. En su portada, además del titulo, explica que contiene: “El Pentateuco en el idioma de Ashkenaz (el idish), las cinco “meguilot” (El Cantar de los Cantares, Ruth, Eclesiastés, Esther y Lamentaciones) y las Haftarot, porciones de los libros de los profetas.

El Tsene-rene ha sido publicado en más de 200 ediciones. La actual está bajo el título en inglés “The weekly Midrash”. Por estar escrito originalmente en idish, el libro fue muy popular, especialmente entre aquellos que no hablaban hebreo, la lengua “sagrada”, grupo al cual pertenecían las mujeres, a quienes, por principio, no se les enseñaba el lenguaje de la Torá, aunque sí conocían su alfabeto, por lo que podían leer el idish, el idioma judío de Europa del Este.

Adam Kirsch nos explica: “Sólo por el título, el libro estaba dirigido a una audiencia femenina. Cualquier judío que no pudiera leer la Biblia en hebreo, podría abordarla a través del idish del Tsene-rene. Muchos niños judíos absorbieron las historias de la Biblia a través de las lecturas que, en voz alta, hacían sus madres. Pero el Tsene-rene no es una simple traducción de la Biblia; si lo fuera, tal vez nunca se hubiera vuelto tan popular. Lo que Jacob ben Isaac Ashkenazi produjo, en cambio, fue un parafraseo e interpretación libre de los cinco libros de Moisés, basado en muchas fuentes, con la idea de dar al lector una imagen de cómo la tradición judía entendía el texto”.

Dice Kirsch: “El Tsene-rene es un libro didáctico cuyo objetivo es extraer lecciones morales del texto bíblico. Está especialmente interesado en utilizar a las mujeres de la Biblia como modelo de virtudes femeninas. Las vidas de las matriarcas, de Eva y de Miriam, las usa para demostrar los valores de la tradición judía y poder inculcarlos en el lector. Esto no era fácil, pues muchas narraciones bíblicas presentan a la mujer de forma negativa. Como la historia de Adam y Eva, creada de una costilla mientras éste dormía. El Tsene-rene lo explica así:  «Dios hizo que Adam durmiera para enseñarnos que el hombre no debe pelear constantemente con su esposa. Si él ve que ella hace algo que le desagrada, debe fingir que no lo vio y hacerse el dormido”. El Adam dormido se convierte en el marido modelo, pues sabe cuándo cerrar los ojos. El Tsene-rene también explica que “la mujer es, por naturaleza, más fuerte que el hombre, por haber sido creada de un hueso, mientras que el hombre fue creado de polvo que se disuelve fácilmente”. En otra historia del Génesis, el Tsene-rene ofrece una descripción de Sara amasando la masa para matzá, el día antes de Pésaj, aunque Pésaj, la fiesta de la liberación judía de Egipto, no se instituyó hasta después de cientos de años. El autor del Tsene-rene proyectó el judaísmo que conocía, con todos sus rituales, al tiempo de las matriarcas. Simplemente no podían imaginar la vida judía de otra manera”. El Tsene-rene, el primer libro feminista judío, puso a la mujer en primer plano.

Por: Marcos Gojman

Bibliografía:  Adam Kirsch, “The People and the Books”. Jacob ElbaumChava Turniansky “Tsene-rene”

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229. El diario de Glückel de Hameln, algo más que su historia personal.

Glückel de Hameln nació en la ciudad de Hamburgo en 1646. Cuando tenía doce años, sus padres la comprometieron en matrimonio con Haym de Hameln, con quien se casó dos años después. Con el tiempo, Haym llegó a ser un hombre de negocios exitoso en Hamburgo. Tuvieron catorce hijos, de los cuales les sobrevivieron doce. Además de cumplir con sus obligaciones de madre y esposa, Glückel estaba activamente involucrada en el negocio de la familia, al grado que cuando le preguntaron a su marido, en su lecho de muerte, si deseaba dejar alguna instrucción o consejo final, él contestó: “No tengo ninguna instrucción, mi esposa conoce todo sobre el negocio, déjenla que lo siga haciendo como lo ha hecho hasta ahora.” Haym murió en 1689. Once años después, Glückel se casó con Hertz Levy de Metz, ciudad a donde se mudaron. Hertz acabó con la fortuna de la familia y a su muerte, en 1711, Glückel quedó en la total pobreza, teniendo que vivir dependiente de la ayuda de una de sus hijas y de su yerno.

Glückel empezó a escribir sus memorias, en Yidish, dos años después de la muerte de Haym, para “desterrar los pensamientos melancólicos que tenía durante muchas noches que pasó sin dormir, y poder transmitir a sus hijos las historias de la vida de sus padres.”  Java Turniansky nos dice: “El primer capítulo es una introducción a su mundo espiritual, una especie de manifiesto de la fe, las creencias, las aspiraciones, los motivos y las opiniones de esta mujer judía piadosa y temerosa de Dios, donde trató temas del campo del Musar, la corriente judía de moral y enseñanzas éticas.” En la introducción del primer capítulo, Glückel escribió la siguiente historia:

“Un pájaro intentó cruzar un mar con sus tres pichones. El mar era tan ancho y el viento tan fuerte que el pájaro padre se vio obligado a cargar a sus pequeños, uno por uno, con sus fuertes garras. Cuando estaba a mitad de camino con el primer pichón, el viento se convirtió en un vendaval y él dijo: «Hijo mío, mira cómo estoy luchando y arriesgando mi vida por ti. Cuando seas mayor, ¿harás lo mismo por mí y me proveerás en mi vejez?» El pichón respondió: «Solo llévame a un lugar seguro y cuando seas viejo haré todo lo que me pidas.» En ese momento el pájaro padre arrojó a su hijo al mar, éste se ahogó y el padre dijo: «Esto es lo que se hace con un mentiroso como tú.»

Entonces el pájaro padre regresó a la orilla, salió con su segundo hijo, le hizo la misma pregunta y al recibir la misma respuesta, ahogó al segundo hijo con el grito: «¡Tú también eres un mentiroso!». Finalmente, partió con el tercer pichón y cuando hizo la misma pregunta, el tercer y último pichón respondió: «Mi querido padre, es verdad que estás luchando poderosamente y arriesgando tu vida por mí, y estaría equivocado si no te lo devolviera cuando seas viejo, pero no puedo comprometerme. Sin embargo, esto puedo prometerte: cuando sea mayor y tenga hijos, haré tanto por ellos como tú lo hiciste por mí «. Entonces el pájaro padre dijo:» Lo has dicho bien y con sabiduría hijo mío y tu vida perdonaré y te llevaré a la orilla de forma segura».

De su diario sabemos que Glückel tuvo una educación judía tradicional. De sus lecturas personales no sólo obtuvo docenas de relatos y parábolas que incluyó en el texto, sino los fundamentos de su visión del mundo y de su judaísmo. También es un testimonio histórico de lo que fue el mundo judío de su época. El diario de Glückel de Hameln es más que su historia personal.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Java Turniansky: “Glückel of Hameln”

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228. Menasheh Ben Israel, un rabino muy especial.

Menasheh ben Israel (1604-1657) nació en el seno de una familia de judíos conversos portugueses que salieron de Lisboa huyendo de la Inquisición, la cual les había iniciado un proceso por practicar el judaísmo en secreto. No se sabe exactamente el lugar de nacimiento de Menasheh, algunos dicen que fue en La Rochelle, en Francia, en 1604, pero para el año 1610 su familia ya estaba establecida en Ámsterdam. Ahí se incorporaron a la comunidad sefaradí Neveh Shalom y Menasheh empezó a estudiar con el rabino de dicha comunidad, Isaac Uzziel. A la muerte de éste en 1620, Menasheh ocupó su lugar y dos años después se casó con Rachel Soeiro.

Aunque Menasheh pronto se distinguió como un gran orador y educador, esta actividad no le producía suficientes ingresos para vivir, por lo que decidió abrir lo que fue la primera imprenta judía en Holanda y en 1627 produjo su primer libro de rezos, seguido de otras obras, entre ellas una edición de la Mishnah. Pero aun con la imprenta, la situación económica de Menasheh no mejoraba, por lo que pensó ir a radicar a Brasil. Afortunadamente los hermanos Pereira aportaron fondos suficientes para establecer una yeshivá y nombrarlo su director.

Al mismo tiempo que imprimía y se dedicaba a la educación, Menasheh se dedicó a escribir, siendo “El Conciliador” una de sus principales obras. En ella Menasheh enumeraba y discutía aquellos pasajes de la Biblia que presentaban algún conflicto entre sí. Lo escribió en perfecto español, con lo que el lector no judío tuvo acceso al método rabínico de como reconciliar las inconsistencias bíblicas, lo que le abrió el contacto con el mundo intelectual gentil de la época.

Menasheh estudió también Kabalá y especialmente estuvo interesado en el tema de la llegada del mesías. Estaba convencido que para que llegara el mesías a redimir la tierra de Israel, antes los judíos tenían que vivir esparcidos por todos los confines de la Tierra. Aprovechó su fama de erudito para establecer contacto con la reina Cristina de Suecia, con el pretexto de ayudarle a mejorar su conocimiento del hebreo, pero en el fondo buscaba que los judíos pudieran radicar en ese país. Sus escritos sobre el tema atrajeron la atención de teólogos protestantes que también pensaban que la llegada del mesías iba a suceder pronto, por lo que mantuvo correspondencia con algunos de ellos sobre el tema, especialmente con los puritanos ingleses.

Menasheh aprovechó esa relación para buscar que el gobierno inglés permitiera que los judíos pudieran nuevamente radicar en Inglaterra. Viajó a Londres en octubre de 1655 y lo primero que hizo fue escribir su “Humilde petición al Lord Protector”, como le llamaban a Cromwell. El escrito fue ampliamente difundido en la conferencia de Whitehall, convocada por el Lord Protector, donde se concluyó que no había ninguna ley que prohibiera el que los judíos se establecieran en Inglaterra. Cromwell le otorgó el permiso para que radicara en Inglaterra, además de asignarle una pensión de 100 libras anuales. Pero no pudo gozar de ella pues falleció en Ámsterdam en 1657.

Menasheh ben Israel fue amigo de Rembrandt, quien le hizo un retrato. Fue maestro de Baruj Spinoza. Hablaba diez idiomas y escribió en cinco: hebreo, latín, portugués, inglés y español. Fue un gran educador, orador, impresor, cabalista y diplomático. Fue sin duda un rabino muy especial.

Por Marcos Gojman:

Bibliografía: Jewish Encyclopedia y otras fuentes.

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227. Los jasidim de Satmar, un ejemplo del viejo extremismo religioso.

El judaísmo jasídico es un movimiento religioso judío que se originó en Ucrania en el siglo XVIII. Los alumnos del “Baal Shem Tov”, el fundador del movimiento, lo diseminaron por Europa del este y establecieron “cortes”, grupos de jasidim que estaban dirigidos por un Tzadik, un líder espiritual. Con el tiempo, estas “cortes jasídicas” adoptaron el formato dinástico, pues a la muerte del líder fundador, su puesto era ocupado por algún miembro de su familia, normalmente un hijo. Para 1860, prácticamente todas las cortes jasídicas eran dinásticas. Hoy en día, las encontramos mayoritariamente en Israel, Estados Unidos y Gran Bretaña, aunque también se han establecido en otros países. Después de la Segunda Guerra Mundial, dichos grupos adoptaron el nombre del lugar de donde habían sido originarios, para distinguirse uno del otro. En general se considera a los grupos de jasidim como parte del movimiento ultraortodoxo judío, conocido como los “haredim”.

El grupo jasídico más grande en este momento es el de Satmar, fundado por el rabino Joel Teitelbaum (1887-1979) en 1905, en el pueblo del mismo nombre, antes parte de Hungría y hoy parte de Rumania. Algunos calculan que tiene alrededor de 65 a 75,000 adherentes, aunque otros hablan de 120,000. Después de la Segunda Guerra Mundial fue reestablecido en la ciudad de Nueva York, primero en Williamsburg, Brooklyn y luego se amplió a Kiryas Joel. A la muerte de su fundador, fue liderado por su sobrino Moshe Teitelbaum y a la muerte de éste en 2006, la dinastía quedó dividida, hasta la fecha, entre los dos hijos rivales de Moshe, Aaron y Zalman Teitelbaum,

El Holocausto golpeó especialmente a los jasidim, fácilmente identificables entre el resto de la población, por su vestimenta y su insularidad cultural. Cientos de líderes jasídicos perecieron junto con sus seguidores, pero especialmente la fuga de algunos líderes, en el momento cuando a sus partidarios los estaban exterminando, provocaron amargas recriminaciones, como la de Joel Teitelbaum, quien escapó a Suiza, no sin antes haber asegurado a sus feligreses que por el mérito de su religiosidad, iban a salvarse. Promesa que obviamente resultó falsa.

Ya en Nueva York, Teitelbaum formuló una feroz teología antisionista, basada en una explicación muy particular del Holocausto. Él dijo: «Por causa de nuestros pecados hemos sufrido mucho… y en nuestra generación no es necesario mirar lejos para encontrar el pecado responsable de nuestra calamidad … Los herejes (de la Haskala -Ilustración y el Sionismo) han hecho todo tipo de esfuerzos para violar estos juramentos, subir (a la tierra de Israel) por la fuerza y tomar la soberanía y la libertad por sí mismos, antes de que lleguen los tiempos designados (por el Señor) … [Ellos] han atraído a la mayoría del pueblo judío a una horrible herejía, como la que no se ha visto desde que el mundo fue creado … Y por eso no es de extrañar que el Señor haya atacado con mucha ira divina … Y hubo también justos que perecieron (en el Holocausto) a causa de la iniquidad de los pecadores.» Teitelbaum argumentó que hasta que el pecado (de haber creado el Estado de Israel) no se elimine, el Mesías no va a venir a redimir al pueblo judío.

Joel Teitelbaum no inventó nada nuevo, sólo continuó con el pensamiento de la escuela húngara ultra ortodoxa iniciada por el Jatam Sofer, que rechazaba la modernidad, se oponía a cualquier cambio y buscaba la total separación del mundo exterior. El viejo extremismo de siempre.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: “UNorthodox” de Deborah Feldman y otras fuentes.

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226. Abraham Joshua Heschel: ¿qué tipo de judío sería hoy Abraham Avinu?

Abraham Joshua Heschel, en su ensayo: “Un tiempo para renovarse”, se pregunta: ¿Quién es judío? Y contesta: “Una persona en cuya vida Abraham Avinu se sentiría como en casa, una persona por quien Rabi Akiva sentiría gran afinidad, una persona de la cual los mártires judíos de todas las épocas no estarían avergonzados”. Y pregunta nuevamente: “¿Quién es judío?: Una persona cuya integridad decae, cuando no le afecta el saber que algo malo se le ha hecho a otra persona. Una persona para quien Dios es un reto, no una abstracción. Una persona que sabe cómo recordar y mantener vivo lo que es sagrado en la historia de su pueblo y que atesora la promesa y la visión de un mundo mejor en los días que vendrán.”

Y Heschel vuelve a preguntar: ¿cómo hemos sobrevivido como pueblo, cuando no teníamos ningún poder, ni aliados, ni amigos, ni territorio, ni una organización visible que nos mantuviera intactos, leales e íntegros? Y contesta: “la respuesta más sabia a nuestra sobrevivencia, está en el dicho que dice que Dios, Israel y la Torá es uno”.

El problema estriba, según Heschel, cuando nuestro judaísmo sólo está sustentado por una de las tres columnas: Dios, Israel y la Torá. Para el judaísmo reformista clásico, la esencia del judaísmo está representada por el monoteísmo ético y no le dan importancia a la Torá y a Israel. Para ellos, la ética judía es la verdadera expresión del judaísmo y su práctica judía está centrada en ese paradigma. Aunque ahora ya apoyan y reconocen la importancia del Estado de Israel en la vida judía, eso no es lo que le da identidad a su judaísmo y mucho menos el cumplir con las mitzvot, pues desde el inicio declararon que el cumplir con la halajá es optativo y no obligatorio.

Para los judíos sionistas seculares, Israel es lo importante y ponen en segundo plano a Dios y a la Torá. En sus escuelas prácticamente no se enseña nada que tenga que ver con religión. El Estado de Israel es lo importante y la aportación de nuestros sabios al pensamiento judío, a lo largo de su historia, se ve como algo ingenuo y simplista. Para ellos el verdadero judaísmo surge cuando el tener una tierra pasa a ser el factor más importante de la identidad judía.

Para los judíos ultraortodoxos lo fundamental es la Torá, la cual equiparan con el Shuljan Aruj, manual que enlista con detalle todos los mandamientos que todo judío debiera cumplir y que los lleva a practicar una vida donde la conducta religiosa es lo único que importa. Se les olvida la parte de la Agadá, que representa el alma judía, que está en el fondo de esos mandamientos y que es el mensaje que Dios puso en la boca de los profetas bíblicos. Para los judíos ultraortodoxos, la existencia del Estado de Israel, no solamente no significa nada para su identidad, sino que, por lo contrario, la disminuye, al grado de oponerse a su existir.

La identidad del judío conservador o masortí, desde sus inicios, está basada en una práctica de la halajá que no olvida a la Agadá, reconoce la importancia de la historia en la evolución del pueblo judío, apoya la existencia del Estado de Israel y pone al monoteísmo ético como parte fundamental de su identidad. Es un judaísmo que está apoyado en las tres columnas: Dios, Israel y la Torá. Sin duda, Abraham Avinu, en el mundo masortí, se sentiría como en casa.

Por: Marcos Gojman.

Bibliografía: “Moral Grandeur and Spiritual Audacity” Ensayos de Abraham Joshua Heschel. Editado por Susannah Heschel

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225. Para definir quién es judío: ¿Es suficiente con el sólo hecho de que sea hijo de madre judía?

El escritor israelí A.B. Yehoshua, en su artículo “Defining Who Is a Jew”, dice: “Para ser judío no necesitas vivir en Israel, no requieres hablar hebreo, no tienes que ser parte formal de una comunidad judía, no necesitas creer en el Dios de Israel y en su Torá, y no necesariamente tienes que ser hijo de una madre judía, ¿Qué, entonces, es ser judío? Y continúa: “Parece asombroso que un pueblo que tiene más de 3,200 años de existir, todavía está discutiendo su autodefinición”.

La halajá dice que judío es una persona nacida de una madre judía o que se convirtió al judaísmo. Esto quedó establecido al final del período del Segundo Templo. Una persona es judía porque su mamá es o fue judía. Y ésta es judía porque la abuela es o fue judía. El problema estriba cuando ni la hija ni la nieta practican el judaísmo en cualquiera de sus formas. ¿Son entonces judías?

Yehoshua dice: la halajá define al judío estrictamente como parte de un pueblo, por lo que lo judío no es equivalente a lo cristiano, lo budista o lo musulmán y sí a lo inglés, lo noruego o lo suizo. Los sabios decidieron definir lo judío como una nacionalidad y no como una religión. Hace 200 años podrían haberlo definido como religión, pues prácticamente casi todos los judíos de esa época observaban los mandamientos de la Torá, pero no lo hicieron.

En la película documental “Doing Jewish”, su directora Gabrielle Zilkha nos cuenta como encontró, en el remoto pueblo de Sefwi Wiawso, en Ghana, un grupo de personas que durante siglos practican ritos como la circuncisión y comen cuidando leyes dietéticas iguales a las de la Torá, y cómo recientemente este grupo descubrió que era parte de un pueblo: el judío. En la película, el líder de la comunidad, Alex Armah, nos dice que su sueño es ver a su congregación reconocida oficialmente, además de conocer y entender su historia.

Y Gabrielle Zilkha se pregunta: ¿Qué es lo que realmente hace que alguien sea considerado judío? ¿Tiene que ser parte de una comunidad judía aceptada, con una sinagoga de pleno derecho y un rabino formalmente educado? o ¿el creer y practicar el judaísmo, aislados en una pequeña y humilde choza, no califica? ¿Es más auténtico un elaborado Seder en Montreal, que una simple comida preparada con piedad y devoción?

Raphael Patai, en su libro “The Jewish Mind”, dice que ser judío es principalmente una cuestión de sentimiento, de compromiso emocional. Y ese sentirse judío puede ser el resultado de uno o varios factores, como, por ejemplo: el saberse descendiente del patriarca Abraham, el practicar la religión judía, el sentirse parte del pueblo judío, el identificarse con el Estado de Israel, el haber sido afectados por el Holocausto y el antisemitismo, el estar consciente de la historia judía, entre otros aspectos. Y Patai nos explica que el común denominador de todos estos “sentimientos” judíos es que los adquieres por conocimiento. Aunque para Patai eso no es suficiente, pues dice que para ser judío también se requiere que los otros te consideren judío.

En resumen, para ser judío se requieren dos ingredientes: conocer el judaísmo y pertenecer a una comunidad judía. El ser hijo de madre judía, en realidad, es irrelevante.

Por: Marcos Gojman.

Bibliografía: Las obras citadas.

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224. Leopold Bloom: el común denominador de la identidad judía.

Podemos definir de una manera sencilla el concepto “identidad”, como el conjunto de características de una persona, que permiten distinguirla de otras personas. Por lo tanto, identidad judía es ese conjunto de características judías de un individuo, que lo distinguen de aquellos que no lo son. Sin embargo, el problema reside en cómo conformar esa lista de características que definirían a alguien como judío. Porque aparentemente, la lista que elaborara un judío ultraortodoxo sería muy diferente a la lista de un judío secular, o de un sionista, o de un judío reformista o de uno humanista, por mencionar sólo a algunos.

Al buscar una respuesta al problema de qué incluir en esa lista, nos topamos con el personaje de Leopold Bloom en la novela “Ulises”, al cual su autor, James Joyce, lo caracteriza como alguien que sabe que desciende de judíos, pero que no se considera judío ni practica el judaísmo. El profesor Morton P. Levitt, al referirse a Leopold Bloom, uno de los principales personajes de dicha novela, lo describe claramente como no muy buen judío. De hecho, halájicamente hablando, no era judío en absoluto, puesto que su madre no era judía y él nunca fue circuncidado. En la obra, dice Levitt, hay alguna sugerencia que su madre pudo haber sido mitad judía y que su padre era un judío de Hungría. Pero incluso si esto hubiera sido cierto y Bloom fuera tres cuartas partes judío, todavía carece de la conexión necesaria con la línea materna directa, es decir, si la madre de su madre no era judía, él tampoco lo es.

Con todo, y a pesar de que en la novela Leopold Bloom niega ser judío, Levitt dice que el judaísmo está en el corazón mismo de Bloom y es parte de su identidad. Fundamenta su afirmación por una serie de referencias judías que hace Bloom, muchas de las cuales se remontan a su infancia como hijo de un padre judío inmigrante de Szombathely, Hungría. Y cita Levitt a Joyce: “Bloom lee solemnemente de un pergamino, la lista de sus conocimientos de judaísmo: Aleph, Beth, Guimel, Dalet, Agadah, Tefilin, Kosher, Yom Kipur, Januka,  Rosh Hashana, Bnei Brith, Mitzvá, Matzot, Ashkenazim,  Meshugah, Talit”.

Es increíble, pero esa pequeña lista del pergamino de Bloom, incluye lo que podríamos llamar el común denominador de la identidad de cualquier judío. Veamos: las letras del alfabeto hebreo simbolizan las sagradas escrituras, la agadah: su contenido ético, los tefilín: la práctica religiosa diaria, lo kosher: la práctica judía en el hogar, Yom Kipur: la relación con nuestros semejantes, Januca: nuestro sentimiento nacional, Rosh Hashanah: la pertenencia al mundo judío, Bnei Brith: la participación en la organización comunitaria, mitzvah: los mandamientos de Dios, matzot: el éxodo de Egipto como el evento fundacional del pueblo judío, ashkenazim: las diferencias entre los grupos judíos, meshugah: el folklore judío y el talit: la liga con su historia. Todos los diferentes grupos dentro del judaísmo, tienen en mayor o menor medida, elementos de la lista de Bloom.

Es indiscutible el talento de James Joyce, quien, en una novela tan compleja como Ulises, supo plasmar en Leopold Bloom, ese común denominador que define la esencia del ser judío.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Morton P. Levitt: “The Greatest Jew of All”: James Joyce, Leopold Bloom and the Modernist Archetype.

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