228. Menasheh Ben Israel, un rabino muy especial.

Menasheh ben Israel (1604-1657) nació en el seno de una familia de judíos conversos portugueses que salieron de Lisboa huyendo de la Inquisición, la cual les había iniciado un proceso por practicar el judaísmo en secreto. No se sabe exactamente el lugar de nacimiento de Menasheh, algunos dicen que fue en La Rochelle, en Francia, en 1604, pero para el año 1610 su familia ya estaba establecida en Ámsterdam. Ahí se incorporaron a la comunidad sefaradí Neveh Shalom y Menasheh empezó a estudiar con el rabino de dicha comunidad, Isaac Uzziel. A la muerte de éste en 1620, Menasheh ocupó su lugar y dos años después se casó con Rachel Soeiro.

Aunque Menasheh pronto se distinguió como un gran orador y educador, esta actividad no le producía suficientes ingresos para vivir, por lo que decidió abrir lo que fue la primera imprenta judía en Holanda y en 1627 produjo su primer libro de rezos, seguido de otras obras, entre ellas una edición de la Mishnah. Pero aun con la imprenta, la situación económica de Menasheh no mejoraba, por lo que pensó ir a radicar a Brasil. Afortunadamente los hermanos Pereira aportaron fondos suficientes para establecer una yeshivá y nombrarlo su director.

Al mismo tiempo que imprimía y se dedicaba a la educación, Menasheh se dedicó a escribir, siendo “El Conciliador” una de sus principales obras. En ella Menasheh enumeraba y discutía aquellos pasajes de la Biblia que presentaban algún conflicto entre sí. Lo escribió en perfecto español, con lo que el lector no judío tuvo acceso al método rabínico de como reconciliar las inconsistencias bíblicas, lo que le abrió el contacto con el mundo intelectual gentil de la época.

Menasheh estudió también Kabalá y especialmente estuvo interesado en el tema de la llegada del mesías. Estaba convencido que para que llegara el mesías a redimir la tierra de Israel, antes los judíos tenían que vivir esparcidos por todos los confines de la Tierra. Aprovechó su fama de erudito para establecer contacto con la reina Cristina de Suecia, con el pretexto de ayudarle a mejorar su conocimiento del hebreo, pero en el fondo buscaba que los judíos pudieran radicar en ese país. Sus escritos sobre el tema atrajeron la atención de teólogos protestantes que también pensaban que la llegada del mesías iba a suceder pronto, por lo que mantuvo correspondencia con algunos de ellos sobre el tema, especialmente con los puritanos ingleses.

Menasheh aprovechó esa relación para buscar que el gobierno inglés permitiera que los judíos pudieran nuevamente radicar en Inglaterra. Viajó a Londres en octubre de 1655 y lo primero que hizo fue escribir su “Humilde petición al Lord Protector”, como le llamaban a Cromwell. El escrito fue ampliamente difundido en la conferencia de Whitehall, convocada por el Lord Protector, donde se concluyó que no había ninguna ley que prohibiera el que los judíos se establecieran en Inglaterra. Cromwell le otorgó el permiso para que radicara en Inglaterra, además de asignarle una pensión de 100 libras anuales. Pero no pudo gozar de ella pues falleció en Ámsterdam en 1657.

Menasheh ben Israel fue amigo de Rembrandt, quien le hizo un retrato. Fue maestro de Baruj Spinoza. Hablaba diez idiomas y escribió en cinco: hebreo, latín, portugués, inglés y español. Fue un gran educador, orador, impresor, cabalista y diplomático. Fue sin duda un rabino muy especial.

Por Marcos Gojman:

Bibliografía: Jewish Encyclopedia y otras fuentes.

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227. Los jasidim de Satmar, un ejemplo del viejo extremismo religioso.

El judaísmo jasídico es un movimiento religioso judío que se originó en Ucrania en el siglo XVIII. Los alumnos del “Baal Shem Tov”, el fundador del movimiento, lo diseminaron por Europa del este y establecieron “cortes”, grupos de jasidim que estaban dirigidos por un Tzadik, un líder espiritual. Con el tiempo, estas “cortes jasídicas” adoptaron el formato dinástico, pues a la muerte del líder fundador, su puesto era ocupado por algún miembro de su familia, normalmente un hijo. Para 1860, prácticamente todas las cortes jasídicas eran dinásticas. Hoy en día, las encontramos mayoritariamente en Israel, Estados Unidos y Gran Bretaña, aunque también se han establecido en otros países. Después de la Segunda Guerra Mundial, dichos grupos adoptaron el nombre del lugar de donde habían sido originarios, para distinguirse uno del otro. En general se considera a los grupos de jasidim como parte del movimiento ultraortodoxo judío, conocido como los “haredim”.

El grupo jasídico más grande en este momento es el de Satmar, fundado por el rabino Joel Teitelbaum (1887-1979) en 1905, en el pueblo del mismo nombre, antes parte de Hungría y hoy parte de Rumania. Algunos calculan que tiene alrededor de 65 a 75,000 adherentes, aunque otros hablan de 120,000. Después de la Segunda Guerra Mundial fue reestablecido en la ciudad de Nueva York, primero en Williamsburg, Brooklyn y luego se amplió a Kiryas Joel. A la muerte de su fundador, fue liderado por su sobrino Moshe Teitelbaum y a la muerte de éste en 2006, la dinastía quedó dividida, hasta la fecha, entre los dos hijos rivales de Moshe, Aaron y Zalman Teitelbaum,

El Holocausto golpeó especialmente a los jasidim, fácilmente identificables entre el resto de la población, por su vestimenta y su insularidad cultural. Cientos de líderes jasídicos perecieron junto con sus seguidores, pero especialmente la fuga de algunos líderes, en el momento cuando a sus partidarios los estaban exterminando, provocaron amargas recriminaciones, como la de Joel Teitelbaum, quien escapó a Suiza, no sin antes haber asegurado a sus feligreses que por el mérito de su religiosidad, iban a salvarse. Promesa que obviamente resultó falsa.

Ya en Nueva York, Teitelbaum formuló una feroz teología antisionista, basada en una explicación muy particular del Holocausto. Él dijo: «Por causa de nuestros pecados hemos sufrido mucho… y en nuestra generación no es necesario mirar lejos para encontrar el pecado responsable de nuestra calamidad … Los herejes (de la Haskala -Ilustración y el Sionismo) han hecho todo tipo de esfuerzos para violar estos juramentos, subir (a la tierra de Israel) por la fuerza y tomar la soberanía y la libertad por sí mismos, antes de que lleguen los tiempos designados (por el Señor) … [Ellos] han atraído a la mayoría del pueblo judío a una horrible herejía, como la que no se ha visto desde que el mundo fue creado … Y por eso no es de extrañar que el Señor haya atacado con mucha ira divina … Y hubo también justos que perecieron (en el Holocausto) a causa de la iniquidad de los pecadores.» Teitelbaum argumentó que hasta que el pecado (de haber creado el Estado de Israel) no se elimine, el Mesías no va a venir a redimir al pueblo judío.

Joel Teitelbaum no inventó nada nuevo, sólo continuó con el pensamiento de la escuela húngara ultra ortodoxa iniciada por el Jatam Sofer, que rechazaba la modernidad, se oponía a cualquier cambio y buscaba la total separación del mundo exterior. El viejo extremismo de siempre.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: “UNorthodox” de Deborah Feldman y otras fuentes.

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226. Abraham Joshua Heschel: ¿qué tipo de judío sería hoy Abraham Avinu?

Abraham Joshua Heschel, en su ensayo: “Un tiempo para renovarse”, se pregunta: ¿Quién es judío? Y contesta: “Una persona en cuya vida Abraham Avinu se sentiría como en casa, una persona por quien Rabi Akiva sentiría gran afinidad, una persona de la cual los mártires judíos de todas las épocas no estarían avergonzados”. Y pregunta nuevamente: “¿Quién es judío?: Una persona cuya integridad decae, cuando no le afecta el saber que algo malo se le ha hecho a otra persona. Una persona para quien Dios es un reto, no una abstracción. Una persona que sabe cómo recordar y mantener vivo lo que es sagrado en la historia de su pueblo y que atesora la promesa y la visión de un mundo mejor en los días que vendrán.”

Y Heschel vuelve a preguntar: ¿cómo hemos sobrevivido como pueblo, cuando no teníamos ningún poder, ni aliados, ni amigos, ni territorio, ni una organización visible que nos mantuviera intactos, leales e íntegros? Y contesta: “la respuesta más sabia a nuestra sobrevivencia, está en el dicho que dice que Dios, Israel y la Torá es uno”.

El problema estriba, según Heschel, cuando nuestro judaísmo sólo está sustentado por una de las tres columnas: Dios, Israel y la Torá. Para el judaísmo reformista clásico, la esencia del judaísmo está representada por el monoteísmo ético y no le dan importancia a la Torá y a Israel. Para ellos, la ética judía es la verdadera expresión del judaísmo y su práctica judía está centrada en ese paradigma. Aunque ahora ya apoyan y reconocen la importancia del Estado de Israel en la vida judía, eso no es lo que le da identidad a su judaísmo y mucho menos el cumplir con las mitzvot, pues desde el inicio declararon que el cumplir con la halajá es optativo y no obligatorio.

Para los judíos sionistas seculares, Israel es lo importante y ponen en segundo plano a Dios y a la Torá. En sus escuelas prácticamente no se enseña nada que tenga que ver con religión. El Estado de Israel es lo importante y la aportación de nuestros sabios al pensamiento judío, a lo largo de su historia, se ve como algo ingenuo y simplista. Para ellos el verdadero judaísmo surge cuando el tener una tierra pasa a ser el factor más importante de la identidad judía.

Para los judíos ultraortodoxos lo fundamental es la Torá, la cual equiparan con el Shuljan Aruj, manual que enlista con detalle todos los mandamientos que todo judío debiera cumplir y que los lleva a practicar una vida donde la conducta religiosa es lo único que importa. Se les olvida la parte de la Agadá, que representa el alma judía, que está en el fondo de esos mandamientos y que es el mensaje que Dios puso en la boca de los profetas bíblicos. Para los judíos ultraortodoxos, la existencia del Estado de Israel, no solamente no significa nada para su identidad, sino que, por lo contrario, la disminuye, al grado de oponerse a su existir.

La identidad del judío conservador o masortí, desde sus inicios, está basada en una práctica de la halajá que no olvida a la Agadá, reconoce la importancia de la historia en la evolución del pueblo judío, apoya la existencia del Estado de Israel y pone al monoteísmo ético como parte fundamental de su identidad. Es un judaísmo que está apoyado en las tres columnas: Dios, Israel y la Torá. Sin duda, Abraham Avinu, en el mundo masortí, se sentiría como en casa.

Por: Marcos Gojman.

Bibliografía: “Moral Grandeur and Spiritual Audacity” Ensayos de Abraham Joshua Heschel. Editado por Susannah Heschel

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225. Para definir quién es judío: ¿Es suficiente con el sólo hecho de que sea hijo de madre judía?

El escritor israelí A.B. Yehoshua, en su artículo “Defining Who Is a Jew”, dice: “Para ser judío no necesitas vivir en Israel, no requieres hablar hebreo, no tienes que ser parte formal de una comunidad judía, no necesitas creer en el Dios de Israel y en su Torá, y no necesariamente tienes que ser hijo de una madre judía, ¿Qué, entonces, es ser judío? Y continúa: “Parece asombroso que un pueblo que tiene más de 3,200 años de existir, todavía está discutiendo su autodefinición”.

La halajá dice que judío es una persona nacida de una madre judía o que se convirtió al judaísmo. Esto quedó establecido al final del período del Segundo Templo. Una persona es judía porque su mamá es o fue judía. Y ésta es judía porque la abuela es o fue judía. El problema estriba cuando ni la hija ni la nieta practican el judaísmo en cualquiera de sus formas. ¿Son entonces judías?

Yehoshua dice: la halajá define al judío estrictamente como parte de un pueblo, por lo que lo judío no es equivalente a lo cristiano, lo budista o lo musulmán y sí a lo inglés, lo noruego o lo suizo. Los sabios decidieron definir lo judío como una nacionalidad y no como una religión. Hace 200 años podrían haberlo definido como religión, pues prácticamente casi todos los judíos de esa época observaban los mandamientos de la Torá, pero no lo hicieron.

En la película documental “Doing Jewish”, su directora Gabrielle Zilkha nos cuenta como encontró, en el remoto pueblo de Sefwi Wiawso, en Ghana, un grupo de personas que durante siglos practican ritos como la circuncisión y comen cuidando leyes dietéticas iguales a las de la Torá, y cómo recientemente este grupo descubrió que era parte de un pueblo: el judío. En la película, el líder de la comunidad, Alex Armah, nos dice que su sueño es ver a su congregación reconocida oficialmente, además de conocer y entender su historia.

Y Gabrielle Zilkha se pregunta: ¿Qué es lo que realmente hace que alguien sea considerado judío? ¿Tiene que ser parte de una comunidad judía aceptada, con una sinagoga de pleno derecho y un rabino formalmente educado? o ¿el creer y practicar el judaísmo, aislados en una pequeña y humilde choza, no califica? ¿Es más auténtico un elaborado Seder en Montreal, que una simple comida preparada con piedad y devoción?

Raphael Patai, en su libro “The Jewish Mind”, dice que ser judío es principalmente una cuestión de sentimiento, de compromiso emocional. Y ese sentirse judío puede ser el resultado de uno o varios factores, como, por ejemplo: el saberse descendiente del patriarca Abraham, el practicar la religión judía, el sentirse parte del pueblo judío, el identificarse con el Estado de Israel, el haber sido afectados por el Holocausto y el antisemitismo, el estar consciente de la historia judía, entre otros aspectos. Y Patai nos explica que el común denominador de todos estos “sentimientos” judíos es que los adquieres por conocimiento. Aunque para Patai eso no es suficiente, pues dice que para ser judío también se requiere que los otros te consideren judío.

En resumen, para ser judío se requieren dos ingredientes: conocer el judaísmo y pertenecer a una comunidad judía. El ser hijo de madre judía, en realidad, es irrelevante.

Por: Marcos Gojman.

Bibliografía: Las obras citadas.

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224. Leopold Bloom: el común denominador de la identidad judía.

Podemos definir de una manera sencilla el concepto “identidad”, como el conjunto de características de una persona, que permiten distinguirla de otras personas. Por lo tanto, identidad judía es ese conjunto de características judías de un individuo, que lo distinguen de aquellos que no lo son. Sin embargo, el problema reside en cómo conformar esa lista de características que definirían a alguien como judío. Porque aparentemente, la lista que elaborara un judío ultraortodoxo sería muy diferente a la lista de un judío secular, o de un sionista, o de un judío reformista o de uno humanista, por mencionar sólo a algunos.

Al buscar una respuesta al problema de qué incluir en esa lista, nos topamos con el personaje de Leopold Bloom en la novela “Ulises”, al cual su autor, James Joyce, lo caracteriza como alguien que sabe que desciende de judíos, pero que no se considera judío ni practica el judaísmo. El profesor Morton P. Levitt, al referirse a Leopold Bloom, uno de los principales personajes de dicha novela, lo describe claramente como no muy buen judío. De hecho, halájicamente hablando, no era judío en absoluto, puesto que su madre no era judía y él nunca fue circuncidado. En la obra, dice Levitt, hay alguna sugerencia que su madre pudo haber sido mitad judía y que su padre era un judío de Hungría. Pero incluso si esto hubiera sido cierto y Bloom fuera tres cuartas partes judío, todavía carece de la conexión necesaria con la línea materna directa, es decir, si la madre de su madre no era judía, él tampoco lo es.

Con todo, y a pesar de que en la novela Leopold Bloom niega ser judío, Levitt dice que el judaísmo está en el corazón mismo de Bloom y es parte de su identidad. Fundamenta su afirmación por una serie de referencias judías que hace Bloom, muchas de las cuales se remontan a su infancia como hijo de un padre judío inmigrante de Szombathely, Hungría. Y cita Levitt a Joyce: “Bloom lee solemnemente de un pergamino, la lista de sus conocimientos de judaísmo: Aleph, Beth, Guimel, Dalet, Agadah, Tefilin, Kosher, Yom Kipur, Januka,  Rosh Hashana, Bnei Brith, Mitzvá, Matzot, Ashkenazim,  Meshugah, Talit”.

Es increíble, pero esa pequeña lista del pergamino de Bloom, incluye lo que podríamos llamar el común denominador de la identidad de cualquier judío. Veamos: las letras del alfabeto hebreo simbolizan las sagradas escrituras, la agadah: su contenido ético, los tefilín: la práctica religiosa diaria, lo kosher: la práctica judía en el hogar, Yom Kipur: la relación con nuestros semejantes, Januca: nuestro sentimiento nacional, Rosh Hashanah: la pertenencia al mundo judío, Bnei Brith: la participación en la organización comunitaria, mitzvah: los mandamientos de Dios, matzot: el éxodo de Egipto como el evento fundacional del pueblo judío, ashkenazim: las diferencias entre los grupos judíos, meshugah: el folklore judío y el talit: la liga con su historia. Todos los diferentes grupos dentro del judaísmo, tienen en mayor o menor medida, elementos de la lista de Bloom.

Es indiscutible el talento de James Joyce, quien, en una novela tan compleja como Ulises, supo plasmar en Leopold Bloom, ese común denominador que define la esencia del ser judío.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Morton P. Levitt: “The Greatest Jew of All”: James Joyce, Leopold Bloom and the Modernist Archetype.

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223. Bradley Shavit Artson: el problema de los “omnis”.

El rabino Bradley Shavit Artson, en su ensayo: “Una presentación de la Teología en Proceso”, nos explica como la filosofía de la Grecia antigua y de la Europa medieval influyeron nuestro pensamiento con conceptos que no corresponden al judaísmo. Pensar que Dios es omnipotente, lo que quiere decir que tiene todo el poder, que es omnisciente, que tiene y debe tener todo el conocimiento de lo que es, fue y será y que es omnibenevolente, que Dios es absoluta bondad, no son conceptos del judaísmo.

Rab Artson nos explica: El creer que Dios es Omnipotente implica que no hay poder fuera del de Dios y que cualquier cosa que ocurre es por su voluntad. A veces nos gusta lo que sucede, a veces no, pero aceptamos que todo lo que sucede viene de Dios. Cuando algo malo pasa y no entendemos por qué, como la enfermedad terminal de un bebé, la explicación que nos da esa manera de pensar, es que Dios debe haber tenido una causa legítima, que nosotros no entendemos, para ocasionar, o por lo menos no evitar, que eso malo ocurriera. Esta conclusión nos lleva a abandonar nuestra brújula moral y nuestro sentido de lo que es bueno o malo, y culparnos a nosotros o a nuestros seres queridos cuando ocurren desgracias. No sólo algo terrible sucedió, sino además la víctima se siente también culpable. El judaísmo no está de acuerdo con ese concepto de “omnipotencia”.

Brad Artson continúa: La presunción filosófica de que Dios es omnipotente ha sido reforzada por muchas traducciones de la Biblia que se refieren a Dios como “El Todopoderoso”, y que deriva de la errónea traducción de “El Shadai”, que en realidad significa “el Dios de la Montaña”. La Torá tiene términos para “gran poder y fuerza imposible de encontrar”, pero no tiene, ni el concepto ni el término, para omnipotencia. Ni los Profetas ni el Talmud lo tienen. No hay en el hebreo clásico ni en el arameo, un término que implique un ser capaz de hacer absolutamente todo.

Un problema similar lo tenemos con el segundo “omni”, dice Artson. Omnisciencia asume que Dios sabe todo, incluyendo el futuro. Nada se esconde del Dios que todo lo sabe. Pero si Dios conoce el futuro, ya no hay lugar para la libertad de decidir, ni de Dios ni de sus criaturas. El que Dios conozca sus propias decisiones futuras, le quita a Dios mismo la libertad de cambiar de opinión. Pero la Torá y el Midrash nos presentan un Dios distinto, un Dios que se enoja, que ama, se duele, se frustra, se sorprende y se arrepiente.

Rab Artson concluye: un Dios que posee poder ilimitado y sabe todo lo que vendrá, pudo haber diseñado un mundo diferente. Pudo haber ablandado el corazón del faraón sin necesidad de mandarle 10 plagas. Un Dios omnipotente y omnisciente, que a sabiendas crea un mundo tan imperfecto, no es un Dios bueno, omnibenevolente. Por eso, para el judaísmo, Dios no tiene esos “omni” atributos:  Dios no conoce el futuro, pues el futuro no se ha decidido aún; Dios no decide todo, pues deja que la naturaleza funcione con sus propias leyes, además de darle al hombre la capacidad de elegir y Dios mismo sufre al ver la maldad que hay en el mundo y que no puede cambiar. Dios no es “omni”.

 

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Bradley Shavit Artson: “Una presentación de la Teología en Proceso”.

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222. Donación de órganos en el judaísmo: ¿Una Mitzvah?

En principio, el judaísmo apoya y alienta la donación de órganos para salvar vidas (pikuaj nefesh). Para la ley judía, la halajá, el salvar una vida anula casi todos los mandamientos en el judaísmo, con la excepción de los que prohíben asesinar, tener relaciones sexuales ilícitas y adorar ídolos.

Hay tres mandamientos bíblicos que indican cómo manejar los restos de una persona fallecida y estos son: “Nivul Hamet”, regla que prohíbe la mutilación innecesaria de un cadáver y es la base de por qué las autopsias son generalmente prohibidas; “Halanat Hamet”, el mandamiento que prohíbe retrasar el entierro de un cuerpo y “Hana’at Hamet” que prohíbe que uno obtenga cualquier beneficio de un cadáver. En los tres casos, pikuaj nefesh, salvar una vida, los anula.

En última instancia, la cuestión crítica con la donación de órganos es definir el momento de la muerte. Hay un debate en el Talmud sobre la definición de la muerte. Una opinión es que la muerte está indicada por el cese irreversible de la respiración. La otra es que la muerte ocurre con el paro irreversible de los latidos del corazón. [Tratado Yoma, 85: A]. La mayoría de los comentarios de nuestros sabios se inclinan por la primera causa. Además, la medicina moderna ha establecido que el tallo cerebral controla la respiración, y si el tallo cerebral no está funcionando y muere, una persona nunca podrá volver a respirar por sí misma.

¿Definimos la muerte como el cese de la actividad del cerebro o del corazón? Mientras el corazón de una persona todavía late, los órganos pueden ser cosechados rutinariamente, incluso si la actividad cerebral ha cesado. Sin embargo, una vez que un corazón deja de latir, los órganos están privados de oxígeno, y se hace más difícil extirparlos con éxito y trasplantarlos. Si el judaísmo define la muerte como el cese de la actividad cerebral, los trasplantes de órganos son una opción viable para los judíos. Si definimos la muerte como el cese de la actividad del corazón, entonces remover un órgano antes de este punto sería asesinato. Pikuach nefesh no anula el asesinato. Uno no puede matar a alguien para salvar la vida de otro.

Prácticamente casi todos los movimientos religiosos dentro del judaísmo aceptan la muerte del tallo cerebral como el momento del fallecimiento, por lo que apoyan la donación de órganos para trasplantes. Inclusive, el movimiento conservador considera esta acción casi como un mandamiento. Los únicos que no lo aceptan son grupos de judíos ultraortodoxos, “haredim”, que consideran el paro del corazón como el momento de la muerte, postura que va en contra de la aceptada por el rabinato en Israel y rabinos ortodoxos como Zalman Nejemia Goldberg.

La creencia de que una persona debe ser enterrada con sus órganos para ser resucitado de entre los muertos cuando llegue el mesías, no tiene base en las fuentes judías clásicas. El hecho es que, a la muerte, todos los órganos, tejidos y músculos se descomponen. El libro de Ezequiel, por ejemplo, relata que la resurrección sería de huesos secos. La donación de órganos es una mitzvah.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Página de HODS, Halachic Organ Donor Society y otras fuentes.

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221. El guet: donde la ley religiosa se mezcla con la civil.

Está escrito en Deuteronomio 24: “Cuando alguno tomara mujer y se casara con ella, si no le agradara por haber hallado en ella alguna cosa indecente, le escribirá carta de divorcio, y se la entregará en su mano, y la despedirá de su casa.  Y salida de su casa, podrá ir y casarse con otro hombre.” La entrega de ese documento, llamado “guet” en arameo, es lo que hace efectivo el divorcio, a diferencia de un divorcio civil, donde un juez es el que declara disuelto el matrimonio.

De acuerdo con la halajá, la ley judía, el otorgar el “guet” le corresponde exclusivamente al marido. La mujer, por el contrario, no puede demandar el divorcio, a lo mucho puede pedirle a un tribunal rabínico que le solicite a su marido que le otorgue el guet, pero éste no lo puede obligar. La halajá dice que el guet ha de ser otorgado libremente; sólo es válido cuando se entrega y se recibe de forma voluntaria; si media cualquier tipo de coerción, resulta nulo.

Originalmente no se requería el consentimiento de la esposa para que el marido la pudiera divorciar. Esto cambió hace aproximadamente 1000 años cuando Rabi Gershom decretó que el hombre no podía divorciarse sin la aprobación de su esposa. Con todo, la regla halájica que le da al marido la potestad en el divorcio, ha ocasionado situaciones problemáticas, como el caso de la mujer “agunah”, literalmente “atada”, que es aquella que no puede contraer matrimonio porque no ha obtenido el guet, ya sea porque el marido se niega a dárselo o porque desapareció, por ejemplo, en combate o en un accidente y no se puede certificar fehacientemente su muerte.

Los distintos movimientos en el judaísmo han respondido de manera diferente a la desigualdad con la que la halajá trata a la mujer en caso de divorcio. El judaísmo ortodoxo moderno considera imprescindible el guet, pero encontró un mecanismo para remediar esa diferencia: el contrato prematrimonial. En él, ambas partes aceptan someterse a un tribunal rabínico de arbitraje y el marido acepta pagar diariamente a su esposa una cantidad predeterminada, hasta concluir el divorcio. Este documento fue redactado conjuntamente por Rabi Mordejai Willig de Yeshiva University en Nueva York y por Rabi Zalman Nejemia Goldberg, de la corte rabínica de Jerusalem.

Por su parte, el movimiento conservador también requiere del “guet” tradicional, pero en casos cuando de plano el marido se niega a darlo, una corte rabínica especial puede declarar el “hafcaat kidushin”, la disolución del matrimonio y liberar así a la esposa. El movimiento reformista y el reconstruccionista han eliminado el requerimiento del “guet “y aceptan como válido, para efectos religiosos, el divorcio decretado por una corte civil.

En Israel el divorcio es mucho más complicado, ya que hay dos tribunales paralelos que están autorizados para juzgar asuntos de divorcio entre una pareja judía: la Corte Rabínica y la Corte Familiar. Aunque originalmente la ley en Israel le daba a la corte rabínica el dominio en materia de divorcio, nuevas leyes decretadas por el parlamento israeli alientan a dichas cortes a imponer sanciones a los esposos que se niegan a dar el guet. Así, lo religioso se mezcló con lo civil.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Encyclopaedia Judaica y otras fuentes.

 

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220. Pareciera que no, pero fuimos creados no tan semejantes a nuestros semejantes.

El profesor Will Herberg nos dice: En la modernidad, el hombre utilizó la razón y la ciencia para modelar su vida y su cultura, poniendo todo en términos humanos, olvidando lo divino. La expansión de la ciencia y la tecnología fomentó la ilusión de que el bienestar humano era simplemente una cuestión de aumento de la productividad económica y el poder industrial. El «progreso» se convirtió en el lema. En la moral y en la filosofía, en la vida social, incluso en la religión, el hombre omnipotente se convirtió en el «amo» de todas las cosas. Intoxicado por su éxito, no podía imaginar ningún poder superior al suyo, por lo que todo, literalmente todo, le estaba permitido a él como individuo o como colectividad: no necesitaba creer en nada, no hay nada que él necesitara reverenciar, nada que él tuviera temer, él sólo tenía el poder. El resultado fue una humanidad que vivió décadas de horrores, uno peor que el otro, hasta llegar a la Segunda Guerra Mundial, que demostró que el solo uso de la razón y de la ciencia, sin otros valores, no sólo  eran insuficientes, sino terriblemente dañinos.

La generación posmoderna, sacudida de sus ilusiones por décadas de horror ininterrumpido, buscó encontrar otro camino en lo que hoy se ha llamado la «vuelta a la religión» que tantos han marcado como el signo de nuestros tiempos. Pero ese regreso no ha dado el resultado esperado: el horror sigue, ahora cobijado en un manto de religiosidad. La intolerancia hacia el otro ha llevado a nuevos actos de barbarie que jamás hubiéramos pensado que sucederían en el siglo XXI. Cambiaron la dictadura de la razón por la dictadura de la religión. La tesis de antes era que la razón y la ciencia eran el camino. La tesis de ahora es que lo religioso es la solución a los problemas del hombre. Ambas han fallado en lograr un mundo mejor.

Rabi Shimon Gershon Rosenberg, mejor conocido con el acrónimo “Shagar”, nos dice: que durante la Modernidad y la Ilustración, el judaísmo se tuvo que defender del secularismo, especialmente de aquellos que pensaban que la religión había pasado de moda. Ahora, en la era posmoderna, donde se cuestionan todos los valores y ya no se cree en el progreso ni en la razón, la religión ha regresado con un espíritu vengativo. Los grupos religiosos fanáticos no toman en serio las críticas, pues dicen que son opiniones personales que pueden ser fácilmente desechadas por los creyentes.

¿Cuál pudiera ser el nuevo camino? El profesor Jean Gebser propone uno: el hombre debe integrar sus sentimientos, sus instintos y sus intuiciones con la razón y el pensamiento lógico. El hombre debe utilizar sus experiencias personales para transformar la razón y el conocimiento en sabiduría. Sabiduría es igual a inteligencia más experiencia. Y como cada ser humano ha pasado por experiencias personales distintas, cada quien tendrá su razón, su propia verdad. No hay una sola explicación de las cosas, sino muchas, tantas como hombres y mujeres hay en el mundo. No hay un solo judaísmo, sino muchos, tantos como judíos hay en el mundo.

Está escrito en el tratado Sanhedrin 4:5 de la Mishnah: «El hombre troquela muchas monedas con el mismo troquel y todas son iguales una con la otra, pero el Rey de Reyes, el Santo Bendito Sea, ha sellado a cada hombre con el sello del primer hombre, sin embargo, ninguno de ellos es como su semejante.» El Creador y la vida nos han hecho no ser tan semejantes a nuestros semejantes.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Obras de Will Herberg, Rabi Shimon Gershon Rosenberg y Jean Gebser.

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219. Adolphe Crémieux: “Candil de la calle y oscuridad de su casa”.

Isaac Adolphe Crémieux nació cinco años después de que Francia le diera la igualdad de derechos a sus ciudadanos judíos, una vez que su Asamblea Constituyente lo aprobara en 1791. Nació en 1796, en Nimes, en el seno de una familia judía que habían adoptado como suya la causa revolucionaria. Fue educado en el Lycée Impérial, donde él y un primo eran los únicos estudiantes judíos. Y fue él quien, a la cabeza de una delegación de los alumnos del Liceo, se dirigió al emperador en la corte de las Tullerías.

Crémieux era un alumno brillante. Estudió en la Universidad de Aix-en-Provence y fue admitido en la barra de abogados de Nîmes en 1817. Como abogado judío estaba obligado a tomar el humillante juramento “more judaico” para poder ingresar, pero se negó a hacerlo, peleó su caso en la corte y lo ganó. En 1827 ganó dos casos de abogados judíos que también se habían negado a prestar el mismo juramento y esto finalmente llevó a su abolición. Crémieux adquirió así una reputación de defensor de los derechos judíos.

En esa época, Napoleón Bonaparte estableció el primer consistorio central de los judíos de Francia. El consistorio era la institución que gobernaba las comunidades judías de una provincia o de un país. En 1828 Cremieux formó parte del de Marsella y en 1930 se mudó a París, donde pasó a formar parte del consistorio central. En 1840 acompañó a Moisés Montefiore a Damasco para abogar por la liberación de los líderes de esa comunidad judía que habían sido acusados falsamente de haber asesinado a un monje cristiano para propósitos rituales. El viaje tuvo éxito y eso le dio al mundo judío un sentimiento positivo de apoyo y unidad ante el antisemitismo.

En 1840 fue electo diputado y se convirtió en uno de los líderes de la oposición. Después de la revuelta de 1848, formó parte del gobierno provisional como ministro de justicia y le tocó promulgar la ley que abolió la esclavitud en las colonias francesas. En 1851 se opuso al golpe de estado de Louis Napoleon y fue enviado a prisión. Regresó al gobierno como ministro de justicia y en 1870 firmó el famoso decreto que les daba la ciudadanía francesa a los judíos de Argelia.

Cremieux participó en la formación de la Alliance Israelite Universelle y en 1864 fue electo presidente. La alianza buscaba proteger los derechos de los judíos en el mundo, por lo que Cremieux actuó en diferentes casos a favor de las comunidades de Marruecos, Rumania y Rusia. La alianza ayudó para que varios países les dieran igualdad de derechos a sus comunidades judías, como fue el caso de Suiza. La alianza también se abocó a la educación, y estableció escuelas judías en países del imperio otomano. Para 1900, operaba más de 100 escuelas en 7 países.

Con sus acciones, Crémieux demostró que era posible combinar el sentido de orgullo judío con una profunda participación en los asuntos de su país. Pero su vida personal fue incongruente con su vida pública: en 1845 permitió que su esposa y sus hijos fueran bautizados. Cuidó al judío de afuera y descuidó al de adentro. Cremieux fue “candil de la calle y oscuridad de su casa”.

Por Marcos Gojman

Bibliografía: Simone Mrejen-O’Hana: “Isaac-Jacob Adolphe Crémieux, Avocat, Homme Politique, Président du Consistoire Central et de l’Alliance Israélite Universelle,” y otras fuentes.

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