238. Tevilat kelim, cuando se olvida el verdadero sentido de una regla halájica.

Tevilat Kelim es la halajá que regula la inmersión de utensilios culinarios en una mikveh. Se origina en la Torá, en Números 31, cuando Dios le ordena a Moisés acabar con los madianitas, un pueblo pagano que estaba contagiando su idolatría a los hebreos. Después de la batalla, Moisés instruye a los guerreros a purificarse y a hacer lo mismo con “todas las prendas de vestir, artículos de cuero, productos de cabra y recipientes de madera.” Y dicen los versículos 21-23: “Entonces el sacerdote Eleazar dijo a los hombres de guerra que habían ido a la batalla: “Este es el estatuto de la ley que Dios ha ordenado a Moisés (refiriéndose al botín de guerra): el oro, la plata, el bronce, el hierro, el estaño y el plomo, todo lo que resiste el fuego, pasarán por el fuego y será limpio, pero será purificado con el agua para la impureza. Pero todo lo que no resiste el fuego lo pasarán por agua”.

La Mishneh, en el tratado Masejet Avodah Zarah, interpreta este pasaje así: El que compra un utensilio a un pagano (“haoved cojavim”, el que adora a las estrellas), el que normalmente está sumergido en agua, debe sumergirse; el que normalmente se hierve, debe sumergirse en agua hirviendo; el que normalmente se calienta en fuego hasta que esté al rojo vivo, se debe calentar al fuego. Y la Guemará dice: Y todos requieren inmersión en cuarenta “seah” (la cantidad de agua).

El Shuljan Aruj, en el tratado Oraj Jaim, en el capítulo 37, enumera las reglas relativas a Tevilat Kelim, incluyendo la bendición que debe pronunciarse al hacerlo. Y esas reglas profundizan en el detalle: por ejemplo, distinguen lo que debe hacerse dependiendo del material de que están elaborados, pues los de vidrio y metal se sumergen, pero los de madera no. También si se compraron y/o fueron elaborados por paganos (se sumergen) o por judíos (no se sumergen), o si se compraron (se sumergen) o sólo se pidieron prestados (no se sumergen). Y explican que no todos los utensilios culinarios deben sumergirse, entre otras cosas.

Y las reglas del Shuljan Aruj a su vez fueron posteriormente expandidas aún más por autoridades religiosas ortodoxas. El sitio de internet Halachipedia enumera más de 40 normas para Tevilat Kelim: específica al detalle el procedimiento para la inmersión, cuando decir o no la bendición, que utensilios requieren sumergirse, que hacer con utensilios desechables o con eléctricos como un tostador o una cafetera, o cuando compramos un alimento envasado en vidrio y que se consume directamente del envase, como los refrescos o los jugos de fruta. Además, en estos sitios ya no se habla de utensilios fabricados por idólatras, sino simplemente por cualquiera que no sea judío.

El comité de leyes y estándares de los rabinos conservadores, después de una deliberación aprobada por unanimidad, concluyó que no se requiere hacer Tevilat Keilim, al menos que se sospeche que el objeto fue elaborado por un idólatra, como sería el caso de una vasija proveniente de la antigua Roma. Ellos concluyen que es prácticamente imposible saber quién fabricó el utensilio, que ahora se hacen mezclando materiales que requieren o no inmersión y que la regla fue para los guerreros y no para todo el pueblo. En cambio, el judaísmo ortodoxo va agregando nuevas normas cada vez más minuciosas. El resultado es una complejísima maraña de reglas difíciles de cumplir. Y eso pasa cuando olvidamos el verdadero sentido del mandamiento.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Resolución del comité de leyes y estándares judíos de los rabinos conservadores, el Kitzur Shuljan Aruj, artículo sobre Tevilat Kelim de Halachipedia y otras fuentes.

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237. Nathan Lopes Cardozo: El error de presentar al judaísmo con una sola cara.

Está escrito en el Talmud, en el tratado Eruvin 13B: “El Rabino Abba dijo que Shmuel dijo: Durante tres años, Beit Shamai y Beit Hilel no se ponían de acuerdo. Estos (Beit Shamai) decían: La halajá está de acuerdo con nuestra opinión, y esos (Beit Hilel) decían: La halajá está de acuerdo con nuestra opinión. Finalmente, una voz divina surgió y proclamó: Tanto estas (las de Shamai), como esas (las de Hilel), son las palabras del Dios viviente.”

Rabi Shlomo Luria, conocido como el Maharshal (1510–1574), explicaba así su forma de estudiar y enseñar: «Siempre me esforcé por buscar, hasta la última fuente, el origen de alguna halajá, búsqueda que solía discutir con mis colegas y mis alumnos. Me pasaba a veces hasta una semana investigando y razonando profundamente hasta que encontraba la raíz del asunto, para finalmente escribirla en mi libro. Y siempre tuve la costumbre de citar todas las opiniones de los sabios que me precedieron, de acuerdo con su rango de autoridad, además de las decisiones y resoluciones de quienes recopilaron las responsas, con el fin de evitar la sospecha de plagio o el reproche de que había pasado por alto la opinión de alguna gran autoridad.”

Y Luria decía, sin temor, públicamente: «No le presten atención a las decisiones de aquellos que se atreven a definir las leyes, cuando la mayoría de ellos únicamente han leído el Tur Oraḥ Hayyim del rabino Jacob ben Asher, como si la opinión de este rabino le hubiera sido transmitida directamente de la boca de Moisés en el Monte Sinai.” En ese sentido, Luria llegó hasta cuestionar las opiniones de su propio padre, el rabino Jehiel Luria.  Y de sus críticas no se salvó el mismo Joseph Caro, el creador del Shuljan Aruj, a quien acusó de haber expresado ocasionalmente opiniones superficiales, en su esfuerzo por armonizar leyes conflictivas, así como de haber basado a veces sus decisiones, en la lectura de textos que no eran fieles a su original.

El Rabino Nathan Lopes Cardozo nos dice: “Una de las mayores contribuciones del Talmud al judaísmo es su indeterminación, su frecuente negativa a establecer una sola ley. Las discusiones talmúdicas consisten principalmente en posiciones encontradas, a menudo sin una decisión clara sobre qué punto de vista es el correcto.” Y Luria decía que los cabalistas explicaron el origen de estas diferencias de opinión, en el hecho de que cada alma judía estuvo presente en el Sinaí y que cada una entendió la Torá desde su propia perspectiva, de acuerdo con su capacidad intelectual, su naturaleza y la singularidad de cada una.

Lopes Cardozo comenta: “Durante los últimos quinientos años, grandes rabinos han cuestionado la abrumadora autoridad del Shuljan Aruj de Yosef Karo y el Mishne Torah del Rambam. Ellos sintieron que estas obras no reflejan el judaísmo auténtico y su tradición halájica. La razón es obvia: Estos grandes códigos de la ley judía van en contra del espíritu del judaísmo. Presentan la Halajá en formas que se oponen al corazón y al alma del Talmud y del judaísmo mismo. Privaron al judaísmo de su tradición halájica de ser multifacético. No son las obras mismas el problema, sino ese afán de codificar y tratar de finalizar la ley judía, para presentar un judaísmo con una sola cara.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: The Jewish Encyclopedia, Nathan Lopes Cardozo: “The In-Authenticity of Codifying Jewish Law.”

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236. Shabetai Tzvi: el falso líder al que muchos creyeron.

Shabetai Tzvi ben Mordejai nació en Smyrna el 23 de julio de 1626, 9 de Av en el calendario judío. Fue alumno de Talmud en la Yeshivá del Rabino Joseph Escapa. El estudio del Talmud no le atraía, pero sí el misticismo y la Cabalá práctica. En ese tiempo se creía que la época mesiánica estaba cerca, idea promovida por grupos de ingleses cristianos, con los que su padre tenía contacto, al ser el representante de una compañía inglesa. Estas ideas, aunadas a cálculos basados en el Zohar, influyeron en la mente inquieta de Shabetai y a los 22 años de edad se proclamó como el mesías ante un grupo de seguidores, a los cuales había convencido con sus conocimientos de cabalá, su personalidad y su conducta extraña. Los rabinos de Smyrna lo expulsaron de la comunidad.

Llegó a Constantinopla donde conoció a Abraham Ha Yakini, un predicador que le ayudó a confirmar sus ilusiones mesiánicas. Para ello, Ha Yakini preparó un manuscrito, imitando el estilo de la escritura antigua, en el que decía que en el año 5386 (1626), un hijo le nacería a Mordejai Tzvi, sería llamado Shabetai y sería el verdadero mesías. Con ese documento falso, Shabetai se dirigió a Salónica, donde volvió a proclamarse como mesías ante nuevos simpatizantes, impresionados con sus malabarismos místicos, como el “casarse con la Torá”. Los rabinos de Salónica lo expulsaron y después de andar por varias ciudades, llegó a El Cairo, donde conoció a Raphael Joseph Halavi, un judío adinerado proveniente de Alepo, quien, a pesar de su riqueza, llevaba una vida ascética. Halavi usaba su fortuna para ayudar a jóvenes estudiosos del Talmud y la Cabalá y pronto se convirtió en uno de los promotores más entusiastas de los planes mesiánicos de Shabetai.

Shabetai decidió ir a Jerusalem. Ahí reclutó nuevos adeptos a base de todo un montaje teatral: cantando salmos durante toda la noche, rezando en las tumbas de sabios piadosos, mortificando su cuerpo con ayunos y otras penitencias, incluso llorando a cántaros. Shabetai regresó a El Cairo, donde conoció la historia de Sarah, una muchacha judía víctima de los pogroms de Chmelnitsky en Polonia. Sarah fue rescatada por monjas y recluida en un convento, de donde escapó para terminar viviendo en Amsterdam, donde llevó una vida bastante excéntrica, hasta que se le ocurrió la idea de que ella estaba destinada a ser la novia del mesías. Y Shabetai decidió mandarla traer para casarse con ella. Ya como su esposa, el encanto de Sarah le ayudó a conseguir más adeptos. Camino a Jerusalem y al pasar por la ciudad de Gaza, conoció a Nathan Ghazzati, quien se convirtió en su hombre de confianza y asumió el papel del profeta Elijah.

Con el dinero de Halavi, una esposa encantadora, y muchos seguidores, llegó a Smyrna en el otoño de 1665, donde se declaró públicamente a sí mismo como el esperado mesías. Esto fue en la sinagoga, con el sonido del shofar y una multitud que gritaba «¡Larga vida a nuestro rey, nuestro mesías!» Su popularidad creció con increíble rapidez y su fama se extendió por muchos países.

Se dirigió a Constantinopla donde esperaba coronarse como el mesías, pero fue encarcelado por las autoridades turcas. Aun estando en la cárcel, su movimiento tomaba cada vez más fuerza, lo que preocupó a los turcos, quienes finalmente lo llevaron a juicio. Alguien le aconsejó que lo único que podía salvar su vida era convertirse al islam. Y Shabetai así lo hizo. La decepción de sus seguidores fue enorme. Shabetai fue otro más de esos líderes falsos a los que la gente les cree.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Articulo de Kaufmann Kohler y Henry Malter y otras fuentes.

 

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235. Midrash Eijá Rabah 24R: Confrontando a Dios.

El midrash es la manera como los sabios explican los textos bíblicos que son difíciles de entender. Uno de los más conocidos es el midrash Rabah, compuesto por 10 colecciones, una de las cuales es el midrash Eijá o Lamentaciones. El poema 24R de este midrash, basado en Jeremías 31:15, y que lo narra Rev Shmuel ben Nahman, parece estar escrito como el guion de una obra de teatro:

La escena: La corte celestial después de la destrucción del Templo. Los personajes, por orden de aparición: Abraham Avinu, los Ángeles, Dios, la Torá, Isaac, Jacob, Moisés y Rajel. La trama inicia cuando Abraham se presenta ante Dios, con sus vestiduras desgarradas y con ceniza en la cabeza, caminando por las ruinas del Templo, lamentándose y llorando. Abraham: “¿Por qué hemos sido tratados diferente que todos los demás pueblos, que hemos llegado a esta vergüenza y desprecio? Los Ángeles: “Rey del Universo, está roto el pacto hecho con el patriarca Abraham, a través del cual el hombre reconoce que Tú eres Dios, el Creador del cielo y la tierra. Tu has despreciado a Jerusalem y a Sion, a pesar de haberlos escogido. ¿Acaso has rechazado a Judá?” Dios: “¿Por qué estos cantos fúnebres?” Los Ángeles: “Por Abraham, Tu amigo que vino a Tu casa y se lamentó y lloró, ¿Por qué te es indiferente?” Dios: “Porque el día que él salió a su casa eterna, no llegó a Mi casa”.  Abraham: “¿Por qué has exiliado a mis hijos y los entregaste a las naciones paganas que los han expuesto a todo tipo de muertes no naturales y has destruido el Templo, el lugar donde iba a sacrificar a mi hijo Isaac?” Dios: “Tus hijos han pecado y han violado toda la Torá y las veintidós letras que la componen”. Abraham: “¿Quién es el que atestigua que Israel ha transgredido Tu ley?” Dios: “Deja que venga la Torá y testifique en contra de Israel”. La Torá aparece. Abraham a la Torá: “¿Te acuerdas el día que Dios te quiso dar a muchas naciones y ninguna te quiso aceptar, hasta que mis hijos llegaron al Monte Sinai y te aceptaron y te honraron? ¿Y ahora vienes a atestiguar en su contra?” Cuando la Torá oyó esto, no dio testimonio en su contra. Abraham a Dios: Cuando tenía 137 años, ¿no me pediste que sacrificara a mi hijo Isaac? Isaac: “Cuando mi padre me llevó, ¿acaso no estuve dispuesto a dejarme atar y hasta estiré el cuello bajo el cuchillo?” Jacob: “¿Acaso no trabajé veinte años en casa de Labán, y cuando regresé, Esaú estaba dispuesto a matarme a mi y a mis hijos y yo arriesgué mi vida por ellos? Moisés: “¿No fui yo un fiel pastor de Israel por 40 años?, y corrí detrás de ellos como un caballo en el desierto. Pero al llegar mi hora de poder entrar a la Tierra de Israel, Tu decidiste que mis huesos quedaran dispersos en el desierto”. Moisés: “Tu escribiste en Tu Torá: “ya sea una vaca o una oveja, no matarás a ella y a su hijo el mismo día”, pues ellos han matado a muchas madres y a sus hijos el mismo día y Tú has permanecido en silencio. Todos a Dios: ¿Acaso no recuerdas todo esto a nuestro favor, para que te apiades de nuestros hijos?” Rajel: Dios, ¿recuerdas que Jacob me amaba, pero mi padre eligió darle a Lea en mi lugar? Yo tuve compasión de mi hermana y le enseñé las señales para que Jacob no se diera cuenta de que era ella. Incluso me acosté debajo de su cama, y cuando él le habló, yo respondí en su lugar. Si yo pude vencer mis celos para no avergonzar a mi hermana, ¿por qué eres Tú celoso de los dioses falsos que ni siquiera son reales? ¿Cómo puedes permitir que Tus celos causen que tus hijos sean asesinados y exiliados? Y Dios se conmovió con el argumento de Rajel y dijo: “Por ti, Rajel, restauraré la casa de Israel a su lugar. El exilio un día llegará a su fin.”

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Poema 24r del Midrash Eijá Rabah, basado en Jeremías 31:15.

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234. Franz Kafka, una identidad judía “kafkiana”.

Franz Kafka (1883-1924) nació en Praga, hoy capital de la República Checa y en aquel entonces parte del imperio austrohúngaro. Sus padres eran judíos ashkenazim de clase media. Su padre, Hermann Kafka emigró de Ozek, un pueblo checo con una importante población judía. Aunque los padres de Franz hablaban el dialecto occidental del idish, llamado peyorativamente el Mauscheldeutch, el “alemán de Moisés”, con el tiempo, lo sustituyeron por el alemán y el checo.

Sus padres eran judíos poco observantes y asistían a la sinagoga exclusivamente en las fiestas mayores y en casa sólo celebraban el Seder de Pésaj. La escasa educación judía que Franz recibió se terminó al celebrar su bar mitzvah. Kafka finalizó la primaria en 1893 en una escuela alemana sólo para varones y cursó la secundaria en el Instituto de Enseñanza Media Imperial ubicado en el Palacio Kinsky, en la plaza de la ciudad vieja. En 1901 ingresó a la Universidad de Praga donde, obligado por su padre, terminó la carrera de abogado en 1906. Fue ahí donde conoció a Max Brod, quien se convirtió en su amigo más cercano a lo largo de toda su vida. En 1908 entró a trabajar en el departamento legal de una compañía de seguros, empleo que le permitió también escribir.

La tensa relación que siempre tuvo con su padre, marcó en su juventud su casi inexistente identidad judía. En “Carta a su padre” escribió: “Tampoco el judaísmo me ha salvado de ti. De por sí, en ese terreno, hubiese sido posible concebir una salvación, pero más aún, hubiese sido posible concebir que en el judaísmo ambos nos encontráramos a nosotros mismos o que, más todavía, saliéramos juntos de allí. ¡Pero, qué clase de judaísmo me legaste! Cuando niño, de acuerdo contigo, me recriminaba a mí mismo por no asistir al templo con suficiente asiduidad, por no ayunar, etc. No creía cometer con ello una injusticia para conmigo, sino para contigo, y la conciencia de culpa, siempre alerta, me atormentaba. Ibas al templo cuatro días al año, allí te hallabas, en el mejor de los casos, más cerca de los indiferentes que de aquellos que tomaban la cosa en serio, cumplías con las oraciones por formalidad, …. y, además, con tal de que estuviese en el templo, eso era lo principal, podía yo escurrirme por donde quisiese.”

No sólo la relación con su padre marcó a Kafka, también el antisemitismo de los checos. En 1897 y en 1920 fue testigo de dos violentos pogroms y de ver cómo las autoridades tuvieron que proteger a la población judía. Pero en 1911 empezó un cambio de actitud hacia lo judío cuando conoció a Yitzjak Lowy, actor de teatro en idish. Tanto le gustaron sus presentaciones, que ese año asistió a todas. Pronto se interesó por la mística y la religión judías, y en especial por el sionismo. El contacto con ese grupo de actores judíos, fue como una reconversión al judaísmo.  Fue cuando conoció a Dora Diamant, una muchacha judía que venía de una familia jasídica y que se convirtió en el amor que había anhelado siempre. Pero su proyecto de emigrar a la Tierra de Israel con Dora, se vio frustrado en 1917, al padecer los primeros síntomas de tuberculosis. Antes de morir, en 1924, le pidió a su amigo Max Brod que quemara todos sus escritos. Para fortuna de todos, no le hizo caso. Hoy en día, el término “kafkiano” se aplica a situaciones que son muy complejas, bizarras o ilógicas. Sin duda, Franz Kafka tuvo una identidad judía “kafkiana”.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Walter H. Sokel “Kafka as a Jew”, Encyclopaedia Judaica y otras fuentes.

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233. Filón de Alejandría: ¿les enseñó a los griegos lo judío o a los judíos lo griego?

Alejandro Magno (356 – 323 AEC)​ fue el rey de Macedonia desde el año 336 AEC hasta su muerte. Durante su reinado, que duró sólo trece años, amplió su imperio hasta extenderlo a países tan distantes como la India y Egipto, incluyendo en él a la Tierra de Israel. Fundó la ciudad de Alejandría en el año 331 AEC, en una estratégica región portuaria del delta del Nilo. Sus conquistas no sólo cambiaron por completo la estructura política de la zona, sino que abrieron una época de extraordinario intercambio cultural, en la que la cultura griega se extendió por el Mediterráneo, el Medio Oriente y Asia Central. El griego se convirtió en la lengua del imperio.

A la muerte de Alejandro, sus generales se repartieron el imperio y Egipto le tocó a Ptolomeo. Con Ptolomeo, Alejandría se convirtió en el centro cultural del mundo antiguo. Él construyó el famoso “Templo para las Musas”, el “Museion”, de donde sale la palabra “museo”. Como parte del templo, estaba la Gran Biblioteca Real de Alejandría, que llegaría a ser la biblioteca más grande del mundo de esa época. Grandes estudiosos como Arquímedes, Euclides y Galeno, se establecieron en la ciudad y en algún momento hubo 14,000 estudiantes entre sus pobladores.

La Biblia habla de que los judíos se empezaron a asentar en Egipto después de la toma de Jerusalem por Nabucodonosor (586 AEC) y del asesinato de Guedaliah (Reyes 2, 25-26). Años después, inmigrantes judíos se establecieron en Alejandría en la época de los Ptolomeos, atraídos por la tolerancia religiosa y la intensa vida cultural. En sus libros, Flavio Josefo narra que Ptolomeo, después de conquistar Judea, se llevó 120,000 prisioneros judíos a Egipto. Muchos otros judíos los siguieron, ya que en Alejandría los judíos gozaban de todos los derechos civiles, como cualquier ciudadano griego, pero se mantenían como una comunidad política independiente y autónoma. Los historiadores hablan de que 40% de la población de Alejandría era judía.

Fue en esa época que el judaísmo helénico empezó su desarrollo. Una de las principales aportaciones culturales de los judíos de Alejandría fue la “Septuaginta”, la primera traducción al griego de la Biblia, hecha por encargo de Ptolomeo II, quien comisionó a 72 sabios que dominaban ambas lenguas, el hebreo y el griego, a hacer la traducción. La leyenda dice que Ptolomeo colocó a los 72 sabios en cuartos separados y a cada uno les dijo: «Escribe para mí la Torá de Moshé, tu maestro». La leyenda cuenta que todas las traducciones salieron idénticas. Con la Septuaginta, los judíos de Alejandría, que sólo hablaban griego, tuvieron acceso a las fuentes judías.

Pero estos judíos helénicos, que habían sido educados en la cultura griega, interpretaban la Biblia de manera diferente. Algunos de ellos, entre los que destacó Filón, explicaban las Sagradas Escrituras a través del cristal de la filosofía clásica griega: los preceptos de la Torá había que entenderlos usando la lógica y la razón y tenían que ser verdades universales e inmutables. Ya no era suficiente decir que los mandamientos judíos tenían validez sólo porque habían sido ordenados por Dios. Y Filón, a través de simbolismos y alegorías, de alguna forma demostró que las leyes de la Torá cumplían con la manera de pensar griega. En el fondo, él buscaba enseñarles a los griegos los valores del judaísmo y acabó enseñándole a los judíos los valores griegos.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Jewish Encyclopedia, Encyclopaedia Judaica, conferencia de Christine Hayes

y otras fuentes.

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232. ¡Demonios!, el folklore religioso es tan popular como las leyes rabínicas.

El profesor David Biale comenta que, al no haber una autoridad central en el judaísmo, muchas creencias populares, por el simple hecho de que las mencionan en la literatura rabínica, pareciera que tienen la aprobación de los rabinos, como es el caso de la magia y de la existencia de demonios, temas que encontramos frecuentemente en el folklore judío.

Está escrito en Devarim 18:10-12: “No sea hallado en ti nadie que haga pasar a su hijo o a su hija por el fuego, ni quien practique adivinación, ni hechicería, o sea agorero, o hechicero, o encantador, o médium, o espiritista, ni quien consulte a los muertos. Porque cualquiera que hace estas cosas es abominable al Señor; y por causa de estas abominaciones el Señor tu Dios expulsará a esas naciones de delante de ti.”

En la Biblia prácticamente no hay mención de seres sobrenaturales, pero si los mencionan en el Talmud, especialmente en el Babli, ya que, en Babilonia, por ejemplo, el creer en demonios, estaba fuertemente arraigado en la población local no judía. Vemos en el tratado Berajot 6ª: «Abba Benjamín dice: Si el ojo tuviese el poder de verlos, ninguna criatura podría soportar a los demonios. Abaye dice: Son más numerosos que nosotros y nos rodean como la cresta alrededor de un campo. R. Huna dice: Cada uno de nosotros tiene mil en su mano izquierda y diez mil en su mano derecha. Raba dice: El aplastamiento de la multitud en las conferencias de Kallah proviene de ellos. La fatiga en las rodillas proviene de ellos. El desgaste de la ropa de los eruditos se debe a que se frotan contra ellos. El moretón de los pies proviene de ellos «.

Raras veces la literatura talmúdica entra en detalles sobre cómo son los demonios y las criaturas mágicas, o si son seres realmente independientes o simplemente realidades psicológicas. En cambio, en la Cabalá las descripciones son mucho más detalladas. Recientemente, Rabí Yacob Menashe, un rabino ultraortodoxo, escribió: “El sagrado Zohar nos dice que cuando Shabat termina, grandes bandas de espíritus malignos vuelan alrededor del mundo. Es por eso que recitamos el Mizmor «Yosheb Besether Elyon» (Salmo 91), después de la Amidah al final del Shabat, porque tiene el poder de alejar a estos espíritus. El Zohar nos dice que cuando los espíritus malignos ven a las personas piadosas recitando oraciones, salmos y Habdalah, huyen”.

El judaísmo conservador y el reformista no creen en demonios. Para ellos Dios es trascendente, por lo que no hay lugar para otros poderes sobrenaturales. En cambio, para los ortodoxos, que sostienen que el Talmud es la Torá Oral que recibió Moisés en el Monte Sinai junto con la Torá Escrita, sí existen. Por ejemplo, en Sefer Raziel, un libro de conjuros y prácticas de magia, que circuló mucho en Europa y el Medio Oriente, se cuenta la historia de que el ángel Raziel le reveló a Adam secretos divinos, después de su expulsión del paraíso, para ayudarle a sobrellevar la vida fuera del jardín del Edén, mismos secretos que después también le reveló a Abraham. Dice David Biale: “El hecho de que ese libro de magia fuera conocido por casi todas las comunidades judías demuestra que el folklore religioso era tan popular como las leyes rabínicas”. ¡Demonios!

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: David Biale: “The Norton anthology of world religions. Judaism”. Artículos de Rabí Yacob Menashe, Jay Michaelson, Rabi Louis Jacobs y Adam Kirsch.

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231. Sigmund Freud, un ateo con el judaísmo en las venas.

Sigismund Schlomo Freud (1856 – 1939) nació en Freiberg, Moravia, parte del imperio austríaco. Sus padres eran originarios de Galicia, una región en la parte noroccidental de Ucrania. Su familia se mudó a Viena cuando tenía tres años. Freud vivió en esa ciudad prácticamente toda su vida. En 1881 se graduó como doctor en medicina en la Universidad de Viena. En 1886 se casó con Martha Bernays, la nieta de Isaac Bernays, el rabino principal de Hamburgo. La pareja tuvo seis hijos. En 1938, Freud abandonó Viena para escapar de los nazis. Murió en el exilio en el Reino Unido. Freud fue el fundador del psicoanálisis, un método clínico para tratar las psicopatologías.

Para cuando Freud nació, sus padres ya eran menos observantes de la ley y de los ritos judíos, que cuando vivían en sus pueblos de Galicia. Pero con todo, el hogar de Freud era muy rico en cultura y religión judías. Las escrituras judías fueron el instrumento principal de la educación de Freud, hasta que asistió a la escuela a la edad de nueve años. También su vida social se daba principalmente en un marco judío. Los primeros en escuchar sus ideas sobre el psicoanálisis fueron los miembros de su grupo de la B´nei B´rith, una organización judía de servicio.

Para Freud, el elemento más importante del judaísmo era la «prohibición de hacer una imagen de Dios». Por eso, la relación del judío con Dios se daba en su mente, en su intelecto, lo que él llamó “Geistigkeit». El judío habla, discute, pide, piensa, imagina y razona con un Dios que no tiene ni forma ni nombre. Y todo lo hace en su mente. Esto contrasta con otras religiones que se acercan principalmente a Dios a través de los sentidos, donde sí tienen una imagen, un nombre y una ceremonia donde puedes ver, oír, tocar, oler y hasta saborear lo divino. Freud decía que esa diferencia, entre lo intelectual y lo sensorial, marcó el carácter judío por más de dos mil años.

Freud decía que, para los judíos, el hecho de creer que Dios los escogió para cumplir una función especial en el mundo, les ayudó a mantener en alto su propia autoestima, a pesar de las condiciones tan adversas por las que atravesaron a causa del profundo antisemitismo que imperaba en esa época, especialmente en la Europa germana. También decía que lo que realmente hacía que una persona fuera judía no era el creer en un dios monoteísta, el comer kosher, el circuncidar a los hijos o cualquier otro número de creencias, prácticas o inclinaciones singularmente judías. Según Freud, una persona es judía simplemente porque hereda «las huellas de la memoria y de la experiencia de sus antepasados».

En una ocasión Freud escribió: “Puedo declarar que estoy tan alejado de la religión judía como de todas las demás. No me atañen sentimentalmente en lo más mínimo. En cambio, siempre tuve un poderoso sentimiento de comunidad con mi pueblo, mismo que también he alimentado en mis hijos. Todos seguimos perteneciendo a la confesión judía”. Freud llevaba el judaísmo en las venas.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Sigmund Freud, “Moisés y la religión monoteísta”. Artículos de Eliza Slavet, Lydia Flem y Mark Edmundson.

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230. Tsene-rene, el primer libro feminista judío.

El “Tsene-rene” es un libro escrito en idish por Jacob ben Isaac Ashkenazi, alrededor del año 1590. El texto tiene como base la estructura de las “parashot de la Torá”, las secciones semanales en que está dividida la Torá, mezclado con textos del Talmud, especialmente de la Agadah y del Midrash. El nombre viene de un versículo del Cantar de los Cantares (3:11) que en hebreo dice: Tzena Urena banot Zion”, “Salgan y vean hijas de Sion”. En su portada, además del titulo, explica que contiene: “El Pentateuco en el idioma de Ashkenaz (el idish), las cinco “meguilot” (El Cantar de los Cantares, Ruth, Eclesiastés, Esther y Lamentaciones) y las Haftarot, porciones de los libros de los profetas.

El Tsene-rene ha sido publicado en más de 200 ediciones. La actual está bajo el título en inglés “The weekly Midrash”. Por estar escrito originalmente en idish, el libro fue muy popular, especialmente entre aquellos que no hablaban hebreo, la lengua “sagrada”, grupo al cual pertenecían las mujeres, a quienes, por principio, no se les enseñaba el lenguaje de la Torá, aunque sí conocían su alfabeto, por lo que podían leer el idish, el idioma judío de Europa del Este.

Adam Kirsch nos explica: “Sólo por el título, el libro estaba dirigido a una audiencia femenina. Cualquier judío que no pudiera leer la Biblia en hebreo, podría abordarla a través del idish del Tsene-rene. Muchos niños judíos absorbieron las historias de la Biblia a través de las lecturas que, en voz alta, hacían sus madres. Pero el Tsene-rene no es una simple traducción de la Biblia; si lo fuera, tal vez nunca se hubiera vuelto tan popular. Lo que Jacob ben Isaac Ashkenazi produjo, en cambio, fue un parafraseo e interpretación libre de los cinco libros de Moisés, basado en muchas fuentes, con la idea de dar al lector una imagen de cómo la tradición judía entendía el texto”.

Dice Kirsch: “El Tsene-rene es un libro didáctico cuyo objetivo es extraer lecciones morales del texto bíblico. Está especialmente interesado en utilizar a las mujeres de la Biblia como modelo de virtudes femeninas. Las vidas de las matriarcas, de Eva y de Miriam, las usa para demostrar los valores de la tradición judía y poder inculcarlos en el lector. Esto no era fácil, pues muchas narraciones bíblicas presentan a la mujer de forma negativa. Como la historia de Adam y Eva, creada de una costilla mientras éste dormía. El Tsene-rene lo explica así:  «Dios hizo que Adam durmiera para enseñarnos que el hombre no debe pelear constantemente con su esposa. Si él ve que ella hace algo que le desagrada, debe fingir que no lo vio y hacerse el dormido”. El Adam dormido se convierte en el marido modelo, pues sabe cuándo cerrar los ojos. El Tsene-rene también explica que “la mujer es, por naturaleza, más fuerte que el hombre, por haber sido creada de un hueso, mientras que el hombre fue creado de polvo que se disuelve fácilmente”. En otra historia del Génesis, el Tsene-rene ofrece una descripción de Sara amasando la masa para matzá, el día antes de Pésaj, aunque Pésaj, la fiesta de la liberación judía de Egipto, no se instituyó hasta después de cientos de años. El autor del Tsene-rene proyectó el judaísmo que conocía, con todos sus rituales, al tiempo de las matriarcas. Simplemente no podían imaginar la vida judía de otra manera”. El Tsene-rene, el primer libro feminista judío, puso a la mujer en primer plano.

Por: Marcos Gojman

Bibliografía:  Adam Kirsch, “The People and the Books”. Jacob Elbaum, Chava Turniansky “Tsene-rene”

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229. El diario de Glückel de Hameln, algo más que su historia personal.

Glückel de Hameln nació en la ciudad de Hamburgo en 1646. Cuando tenía doce años, sus padres la comprometieron en matrimonio con Haym de Hameln, con quien se casó dos años después. Con el tiempo, Haym llegó a ser un hombre de negocios exitoso en Hamburgo. Tuvieron catorce hijos, de los cuales les sobrevivieron doce. Además de cumplir con sus obligaciones de madre y esposa, Glückel estaba activamente involucrada en el negocio de la familia, al grado que cuando le preguntaron a su marido, en su lecho de muerte, si deseaba dejar alguna instrucción o consejo final, él contestó: “No tengo ninguna instrucción, mi esposa conoce todo sobre el negocio, déjenla que lo siga haciendo como lo ha hecho hasta ahora.” Haym murió en 1689. Once años después, Glückel se casó con Hertz Levy de Metz, ciudad a donde se mudaron. Hertz acabó con la fortuna de la familia y a su muerte, en 1711, Glückel quedó en la total pobreza, teniendo que vivir dependiente de la ayuda de una de sus hijas y de su yerno.

Glückel empezó a escribir sus memorias, en Yidish, dos años después de la muerte de Haym, para “desterrar los pensamientos melancólicos que tenía durante muchas noches que pasó sin dormir, y poder transmitir a sus hijos las historias de la vida de sus padres.”  Java Turniansky nos dice: “El primer capítulo es una introducción a su mundo espiritual, una especie de manifiesto de la fe, las creencias, las aspiraciones, los motivos y las opiniones de esta mujer judía piadosa y temerosa de Dios, donde trató temas del campo del Musar, la corriente judía de moral y enseñanzas éticas.” En la introducción del primer capítulo, Glückel escribió la siguiente historia:

“Un pájaro intentó cruzar un mar con sus tres pichones. El mar era tan ancho y el viento tan fuerte que el pájaro padre se vio obligado a cargar a sus pequeños, uno por uno, con sus fuertes garras. Cuando estaba a mitad de camino con el primer pichón, el viento se convirtió en un vendaval y él dijo: «Hijo mío, mira cómo estoy luchando y arriesgando mi vida por ti. Cuando seas mayor, ¿harás lo mismo por mí y me proveerás en mi vejez?» El pichón respondió: «Solo llévame a un lugar seguro y cuando seas viejo haré todo lo que me pidas.» En ese momento el pájaro padre arrojó a su hijo al mar, éste se ahogó y el padre dijo: «Esto es lo que se hace con un mentiroso como tú.»

Entonces el pájaro padre regresó a la orilla, salió con su segundo hijo, le hizo la misma pregunta y al recibir la misma respuesta, ahogó al segundo hijo con el grito: «¡Tú también eres un mentiroso!». Finalmente, partió con el tercer pichón y cuando hizo la misma pregunta, el tercer y último pichón respondió: «Mi querido padre, es verdad que estás luchando poderosamente y arriesgando tu vida por mí, y estaría equivocado si no te lo devolviera cuando seas viejo, pero no puedo comprometerme. Sin embargo, esto puedo prometerte: cuando sea mayor y tenga hijos, haré tanto por ellos como tú lo hiciste por mí «. Entonces el pájaro padre dijo:» Lo has dicho bien y con sabiduría hijo mío y tu vida perdonaré y te llevaré a la orilla de forma segura».

De su diario sabemos que Glückel tuvo una educación judía tradicional. De sus lecturas personales no sólo obtuvo docenas de relatos y parábolas que incluyó en el texto, sino los fundamentos de su visión del mundo y de su judaísmo. También es un testimonio histórico de lo que fue el mundo judío de su época. El diario de Glückel de Hameln es más que su historia personal.

Por Marcos Gojman.

Bibliografía: Java Turniansky: “Glückel of Hameln”

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